“Avance” equivale a buscar la mínima expresión tecnológica existente, reducirla al máximo, y propagarla hasta que algún otro pensante se le ocurra hacer invisible aquello que nos hace más práctica (cómoda) la vida, para que parezca que todo ocurre por arte de magia (trucos).Será que el hombre (entiéndase como género humano, no como ser con pellejos colgantes) se observa demasiado así mismo después de un largo baño y quiera imitar la rugosidad de su cuerpo (encogimiento) en la cotidianidad de su día a día.
Cada vez las cosas las hacen más pequeñas (ordenadores, cámaras fotográficas…). Ese hombre subido al avance, está obsesionado con el tamaño y minimiza todo cuando cae en sus manos. Lo mismo ocurre con el lenguaje, con lo que les costaría (supongo que fue un esfuerzo y que no nacieron lumbreras) a nuestros antepasados perfeccionar el sistema comunicativo que otros (venidos al mundo antes que ellos) crearon, llega la era moderna y nos cargamos el vehículo (idioma) de una patada.
Conversación con móvil (ese instrumento cuya función original era mantener en contacto a las personas, ahora hacen fotos; controlan tu casa; activan alarmas; te avisan de si los ladrones te están robando y te enseñan la imágenes; te dicen cuando el papel higiénico se ha acabado para que compres más… en fin un auténtico despropósito) entre chica y éter:
-… que paso de ti, tío, y de tus pollos…
-…
-… que lo dejamos y ya está.
Fin de la conversación.
Hago uso de la empatía: romper una relación es muy duro, sobre todo cuando llevas mucho tiempo (día y medio) junto a esa persona que tantas veces te ha hecho reír y los últimos diez minutos enfadar hasta considerar que es lo más odioso que te ha ocurrido en la vida y que desgracias mayores no imaginas (por corta, no porque no existan).
La rotundidad es esencial para que el contrario capte el mensaje y le quede bien claro que no habrán segundas partes…
Pienso en otras épocas, pienso en Goethe (en sus Afinidades electivas), en Sthendahal (“No soy de la madera de que están tallados los grandes hombres, puesto que temo que ocho años empleados en ganarme el pan puedan quitarme la sublime energía que impulsa a realizar grandes hazañas”. Rojo y negro); en Dickens (“Pero tú me dijiste (…) ¡Dios te bendiga y Dios te perdone” (…) y si entonces pudiste decirme eso, ya no tendrás inconveniente en repetírmelo ahora, ahora que el sufrimientos ha sido más fuerte que todas las demás enseñanzas y me ha hecho comprender lo que era tu corazón. El sufrimiento me ha roto y me ha doblegado, pero espero que me ha hecho mejor. Sé considerado y bueno conmigo como lo fuiste en otro tiempo, y dime que seguimos siendo amigos”. Grandes esperanzas) y hasta en Jane Austen (“Me temo que usted esté deseando desde hace un rato que la deje sola y no puedo alegar como excusa de mi permanencia aquí más que mi interés, verdadero, aunque inútil; ¡Ojalá pudiese decir o hacer algo que sirviese para consolarla en su aflicción! No quiero atormentarla con la expresión de unos deseos ineficaces, que parecerían buscar únicamente su agradecimiento (…)” Orgullo y prejuicio) y echo de menos la elocuencia de quien quiere ser escuchado; la elección de las palabras y el buen uso del idioma… ese que estamos matando, porque resulta más rápido simplificar que ejercitar (la mente).
Así andamos, con agujetas mentales cuando conjugamos dos verbos en una misma frase.
















