
Toda la vida engañada ¡Y de qué manera!
Viviendo en una mentira y mintiendo a los demás. Divulgando involuntariamente una verdad falsa. Responsable, en gran medida, de que una buena parte de conocidos o sencillamente de personas que se han cruzado en mi vida, crean en una quimera que no es cierta, sólo porque confiaban en mi palabra. Palabra incierta.
¡El “allioli” no es catalán! El alma se me cae a los pies. Un señora francesa me dice que el “Aïolli”, proviene de La Provenza, más exactamente de Marseille. Dudo, dudo muchísimo, no queriendo aceptar una posible realidad, que me mantiene al borde de la tragedia, mientras en mi interior una vocecita (la voz no existe, me la invento, una vez descubierta mi mentira, he quedado en evidencia de todos modos, independientemente del número de engaños a los que haya sometido al género humano e incluso animal), reivindica ¡Allioli catalán! ¡Allioli catalán! ¡Ra, Ra, Ra!
Consulto (con la esperanza de que la señora estuviera equivocada, y así librarme de la cruz que cargarán mis hombros hasta que me canse de ella y decida ponerle una ruedecillas para aligerar el peso) en Wikipedia, que tiene respuesta para todo, y descubro que en época romana, estos copiaron la salsa a los egipcios, a quienes se les concede la autoría (ya, será porque Ferran Adrià no había nacido aún), y los romanos, entre conquista y reconquista, desvelan la fórmula del “alhoyolio” a los andalusíes, que lo extienden a Valencia y a Cataluña (¡Allioli catalán! Ra, Ra, Ra) y que posteriormente pasará a ser utilizado en La Provenza (algo de razón tenía la señora francesa, aunque no quede eximida del mismo error cometido por mi persona por tanto tiempo) y en las Islas Baleares.
Traumatizada parcialmente (necesito una parte de mi intacta para seguir viviendo), me desgloso (que es muy fino) en pensamientos: con tantas personas habitando el mundo, en tantas épocas antecesoras a la nuestra, no es de extrañar que a más de dos o tres personas (mujeres, segurito pues, que eran mujeres) a la vez, se les ocurriera hacer una mezcla de ajo y aceite (por el momento no he querido saber si entonces mis paisanos utilizaban ajo y aceite de oliva en la cocina, o tenían que esperar a que los egipcios se lo importaran) en distintas partes del mundo, aunque luego no lo propagaran a los sietes vientos, por ausencia de afán protagonista.
Todos los domingos, preparo “allioli” (catalán, se pongan como se pongan los egipcios), que en su variente sudoestera es el “ajoyaceite extremeño”. Hoy, mezclando el ajo picado con el aceite en el mortero, esa vocecilla inventada mía gritaba, ¡Alioli, español! Como Gilbraltar… y los monos andaluces.