08 septiembre 2007

Fue sin querer...

Hasta hace unos pocos años, cuando alguien mencionaba a los "muerciélagos", no pensaba en los que habitan en nuestras tierras, sino en los de Transilvania... No es que tenga la certeza de que allí abunden más, pero los de mi generación crecimos con historietas ficticias sobre seres siniestros con los que era mejor no tropezarse en noches nubladas, y todos aquellos relatos transcurrían en la provincia rumana.
Lo que ayer me ocurrió me recuerda una emblemática canción de Serrat (al menos lo es para mí, aunque en éste momento me reserve las razones), que dice así:


Fue sin querer. Es caprichoso el azar.
No te busqué ni me viniste a buscar.
Tu estabas donde no tenias que estar;
y yo pasé, pasé sin querer pasar.
Y me viste y te vi...


Después de cenar, salí a la terraza y me senté en las escaleras (sitio estratégico alcanzado por el aire, en un día demasiado caluroso para alguien que siempre vivió en regadío). Los murciélagos, a los que ya me he acostumbrado a ver todas las noches, volaban como de costumbre a velocidades vertiginosas, tan osados ellos, que con su vuelo casi me rozaban. Cada aproximación era un desafío: "o dejas de invadir nuestro espacio o te haremos creer que vamos a chocarnos contra ti y saldrás corriendo". No les hice caso durante un buen rato. Al fin y al cabo nadie puede prohibirme que me siente dónde quiera en mi casa, y mucho menos orejudos voladores, pero realmente pensé que no sólo se trataba de una amenaza, cuando vi el peligro acercarse a gran velocidad... En un autoreflejo, supongo, crucé los brazos sobre mi cabeza, cubriéndome bien la cara y a los pocos segundos, noté el impacto. Algo humedo o quizás frío, no sabría definirlo, me golpeó la muñeca y a continuación cayó al suelo. Allí fue dónde encontré al desvalido animalito cuando me atreví a mirar de nuevo.Lo primero que pensé es que había cometido un murcielagocidio por la torpeza de aquel serecillo que no se movía, debido a que había calculado mal la distancia a la que se podía acercar a mí, pero después, tras varios minutos observándole sin saber exactamente que podía hacer por él (en caso de que pudiera hacer algo), mis ojos no me engañaron cuando lo vieron moverse un poquito. ¡Bien, está vivo! Había caído con una de sus alas (de una textura realmente nausebunda, con todas esas ramificines tan frágiles separadoras de una membrana que al tacto es como el tercierpelo) desplegada y panza arriba. Tenía que socorrorle, no en balde, el peludín aquel estaba medio esparramado en el suelo, porque yo estaba dónde no debía de haber estado jamás... Me atreví a tocarle ligeramente, con cuidado y despacio para no asustarle. En realidad lo que temía era que cuando se recuperase, esa misma noche volviera a casa, entrara por la ventana y convertido en vampiro me mordiese con alevosía y premeditación, lo que sin duda iba a suponerme un gasto extra en dentista... Los colmillos me parecen antiestéticos y limarlos hubiera sido lo más sensato.
Volvió a moverse con sus dos grandes orejas apuntando hacia el sur. El murcielaguito estaba recobrando la consciencia. No parecía herido, sólo conmocionado. Acaricié su diminuta carita, fría y suavecita... En medio de su grisacia cara, una boquita redonda se abrió, fue como un bostezo. Lo cogí entre mis manos y lo puse en un sitio más seguro sobre una cama improvisada de papel higiénico, con la inteción de que estuviera más cómodo. No sé si todos los quiropteros son tan feos, o éste lo era especialmente, pero después de mirarlo detenidamente, me inspiró ternura y pude ver en él una belleza distinta. Me miró con sus dos pequeñitos ojos negro antes de iniciar el vuelo.
Fue una de esas miradas que nunca se olvidan porque recordarlas supone una historia que contar en el futuro. En ese instante, supe que entre ambos había surgido una complicidad que se mantedría viva a través de los años y que para ninguno de los dos, lo sucedido se perdería en la memoría (al menos en la mía, dudo que él posea algo similar).
Si lo vuelvo a ver, nunca sabré si es él u otro que se le parece mucho - seamos sinceros, todos los muerciélagos me parecen iguales, y cuando vuelan lo único que se aprecia en el cielo son paraguas abiertos en noches oscuras- pero a partir de este momento, en cada bichejo peludo que vea, veré su mirada, esa con la que se despidió para perderse y volver a ser uno más en mi vida.

01 septiembre 2007

La antara

A veces es difícil encontrar historias que contar, pero esta vez, la historia me encontró a mí para ser explicada… Y así lo haré.

Aquella melodía, siempre la misma, procedía de algún lugar no muy lejano. Desde hacía un tiempo atrás se oía todas las noches, sin que nadie pudiera precisar, en qué momento sonara por primera vez.
Cuando la luna se asomaba en lo alto, la serena y dulce musiquita aparecía en los oídos de los aldeanos. Algunos de ellos salían de sus casas para escucharla mejor, y otros, esperaban que empezara a sonar para dormirse con aquella cautivadora melodía.

Asier salió una noche a caminar. Tomó el sendero que lo alejaba de la aldea hasta el bosque y dejándose llevar por aquella agradable música, se detuvo en un claro, donde a menudo acababa al atardecer, leyendo algunos de sus libros.
Desde allí, la melodía sonaba más próxima, como si estuviera muy cerca de él. El muchacho siguió la intensidad de las, ya muy conocidas notas, y se sorprendió al percatarse que aquello parecía surgir de la tierra. Era una idea absurda, pero aún así, alumbrándose del satélite blanco, golpeó con una piedra el suelo, hasta conseguir una hendidura.
Cuanto más excavaba, la música más clara sonaba, lo que hacía que golpeara con más ahínco aún. Después de un rato, extraía la tierra del agujero con las manos, cuando topó con algo que al tacto era suave y vibraba levemente. Se apresuró a sacar el trozo de tela, y una vez lo tuvo en sus manos, desenvolvió lo que había dentro. Nunca había visto aquel instrumento hecho con varias cañas de longitudes distintas y unidas entre si por unas cuerdas finísimas, pero en la escuela le habían hablado de él, aunque tardó unos segundos en recordar su nombre.

La tela también contenía un montoncito de papeles agrietados y doblados por varias mitades, en los que a contra luz se adivinaban letras. Resolvió llevarse el hallazgo a casa para mirarlo con mayor detenimiento.
Sólo de regreso a la aldea, se dio cuenta de que la música había dejado de ser oída, el silencio ocupaba su lugar.

En su habitación sostuvo la antara entres sus dedos. No se le ocurría cómo podía y haber llegado hasta allí, ni cómo podía emitir aquella melodía sin que nadie la tocase, pero las explicaciones a sus preguntas, tal vez las encontrara en los papeles que trajo consigo. Al principio los leyó con curiosidad, luego con creciente interés por conocer las historias manuscritas.
La antara, no sólo había pasado por diversas manos desde hacía mucho tiempo, sino también a través de distintos lugares.
Quien la hiciera sonar, grabaría en el instrumento de caña su propio sentimiento y éste se transformaría en la melodía que sonaría, una vez la antara fuera cubierta de nuevo por la tela oscura.

Asier no era demasiado ducho tocando instrumentos, pero estaba dispuesto a intentarlo esta vez, para que otros como él, tuvieran la fortuna de formar parte de algo que devolvía al presente el pasado.
Empezó a escribir su propia historia, y una vez la releyó varias veces, pensó en el lugar dónde permanecería oculta hasta que alguien la encontrara, determinando que sería cerca del mar.

Con la excusa de visitar a unos familiares suyos, salió de la aldea una mañana muy temprano con una mochila a sus espaldas y varios días de camino por delante. Al llegar al mar, eligió la noche para entonar las notas que fuera capaz de sacarle a la antara, y bajo la luz de la luna, como la vez en que descubrió el trozo de tela, sopló por los orificios, y casi sin quererlo, la melodía surgió sola…

Siempre he pensado que sólo se trataba de una leyenda que mi abuelo me explicaba de pequeña, sobre el suyo, pero ha llegado el momento de que la antara regrese a la tierra que he elegido, y así sean otras personas quienes me tomen el relevo.

04 julio 2007

Hymne de l'amour


Le ciel bleu sur nous peut s'effondrer
Et la terre peut bien s'écrouler
Peu m'importe si tu m'aimes
Je me fous du monde entier


Tant que l'amour inondra mes matins
Tant que mon corps frémira sous tes mains
Peu m'importe les problèmes
Mon amour puisque tu m'aimes...


J'irais jusqu'au bout du monde
Je me ferais teindre en blond
Si tu me le demandais...


J'irais décrocher la lune
J'irais voler la fortune
Si tu me le demandais...


Je renierais ma patrie
Je renierais mes amis
Si tu me le demandais...

On peut bien rire de moi
Je ferais n'importe quoi
Si tu me le demandais...


Si un jour la vie t'arrache à moi
Si tu meurs, que tu sois loin de moi
Peu m'importe, si tu m'aimes


Car moi je mourrai aussi...
Nous aurons pour nous l'éternité
Dans le bleu de toute l'immensité


Dans le ciel plus de problèmes
Mon amour crois-tu qu'on s'aime?...
Dieu réunit ceux qui s'aiment!
El cielo azul sobre nosotros puede hundirse
Y la tierra puede derrumbarse.
Poco me importa si me amas.
Yo loco por el mundo entero
Mientras el amor inunda mis mañanas
Mientras mi cuerpo se estremezca bajo tus manos
Poco me importan los problemas
Mi amor ya que me quieres...

Iría hasta el fin del mundo,
me haría teñir en rubio
Si me lo pidieras...
Iría a descolgar la luna
iría a robar la fortuna
Si me lo pidieras...
Renegaría mi patria
renegaría a mis amigos
Si me lo pidieras...
Podemos reírnos de mí
haría cualquier cosa
Si me lo pidieras...

Si un día la vida te arranca de mí.
Si mueres, si estás lejos de mí
Poco me importa, si me quieres
Porque yo moriré también.
Tendremos para nosotros la eternidad
En el azul de toda la inmensidad
En el cielo más problemas
Mi amor ¿crees que se ama?
Diós reúne a los que se aman.

17 junio 2007

Ayer


Ayer volveré a pasear por cálidas aguas,

mis pies se hundirán en la arena,

emprenderé el camino de regreso al mañana.

Hoy retrocederé sobre mis pasos,

el salitre salará mi piel

y el sol teñirá de dorado los ropajes de mi ser.

Ayer uniré mi mano a la del viento,

sentiré la suavidad de sus dedos,

bajo los que me estremeceré.

Hoy pensaré que nunca me he ido

que aún mi lugar es mío

y que el ayer es mi hoy perdido.

16 junio 2007

Desvelos


Me desvela el sueño,

en ti hay luz y oscuridad,

hay caos y paz.

Filigrana frágil

que rompe con seda

mi vulnerabilidad.

Me desvela el pensamiento,

sin ti la noche es eterna,

las ansias infinitas.

Sin ti dejo de ser

para ser lo que no soy.

Seré lo que hagas de mí.

Me desvela el recuerdo,

visiones de ayer

anhelos del mañana.

Vas y vuelves,

voy y vengo contigo.

Mi esperanza, mi ilusión, tú.

08 junio 2007

La importancia de las cosas sencillas

Me perdí.
De pronto no sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí. Tampoco sabía por qué había querido llegar tan lejos ni por qué me volví pretenciosa al intentarlo. Y esa maldita canción que está sonando no deja de recordarme que habrá algo que no podré olvidar nunca. Esa letra que alguien entregó al mundo con melodía agresiva para almas desiertas, relata una verdad que desearía que no fuera cierta.

“No hay nada más bello, que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”

No conoceré mayor belleza que la que sé que existe. Tampoco amaré tanto nada como lo que ya no tengo, pero aquí sigo. Soy la misma de ayer para todos, aunque mi interior sea un extraño al que odio por haberme perpetrado tan cruelmente.

Hace dos semanas estaba muy lejos de imaginarme sentada en un bar sola, a las doce menos cuarto de la noche bebiendo cerveza hasta eructar, pero si pudiera controlar el porvenir, también tendría el poder de ligar a mi vida, con una cuerda invisible, a quienes quiero y sin embargo, lo que más he querido en mucho tiempo, se ha ido.Y esa canción que alguna vez me pareció hermosa, ahora amartilla mis oídos con poca delicadeza, agujereando con premeditación ese algo que arde dentro de mí.

“Tus recuerdos son, cada día más dulces, el olvido sólo se llevó la mitad, y tu sombra aún, se acuesta en mi cama, con la oscuridad, entre la almohada y mi soledad”

Le amo, pero ese amor tan inmenso que siento hacia él no hará que las montañas dejen de ser inamovibles. Por más amor que le haya entregado y le profese, no puedo cambiar ni hacer que nazca lo que no existe dónde quiera que él sienta el amor. Después de dos años compartiendo nuestras vidas, descubro que nunca me ha querido y que en realidad lo que sentía hacia mí era una admiración de tamaño monumental tallado en mármol. Le impresioné tanto aquella tarde de abril en que nos conocimos, que en poco tiempo en su precario vocabulario sólo existía una palabra para definirme: maravillosa. Yo era esa octava maravilla inexistente y tras encontrarme decidió conservarme a su lado. Entonces no pensó que hasta las grandes obras maestras, cuando se las desgasta mucho, dejan de interesar y pierden su valor. Demasiado me adoró; demasiado tarde se dio cuenta que abusaba del placer que le producía que formara parte de su vida. Tan orgulloso se sentía de esta desvalida adquisición, que me engañó por completo y creí que en verdad era amor. Y si amor no sabía lo que era hasta ese momento, me abrió un abanico lleno de tonalidades rosadas que colorearon mi vida de pastel.


Consignamos nuestras vidas esperando que si no era para siempre, al menos sí para los próximos cien años. Y era feliz creyendo que los dos estábamos seguros en nuestra precipitación y por entera me entregué, quedándome tan poco, que ni mío consideraba que fueran los restos.
Cuando no ha podido disimular más lo que no había sentido nunca, la verdad apareció en sus ojos helándome la sangre con un frío glacial. Ni siquiera podía sospechar que esos sentimientos no existieran en él, aceptar que esa era la única realidad desde nuestro inicio en común me mató despacito haciéndome mucho daño y la desesperación se abrió paso y con ella el absurdo. Prolongar el desamor no tenía sentido. Para él hubiera sido injusto negarle la posibilidad de sentir todo lo que yo había sentido a su lado, y para mí demoledor sufrir porque no me hubiera querido nunca y luego mirarle y saber con certeza que por más que forzara las posibilidades, no sería un fénix resurgiendo de sus cenizas.
Aquella tarde de abril llovía a cántaros. Nos encontramos en el aparcamiento de unos grandes almacenes mientras yo inútilmente intentaba arrancar el coche. Su vehículo estaba estacionado al lado del mío y los dos habíamos llenado el maletero de bolsas tan deprisa como nos había sido posible para no seguirnos mojando bajo aquellas frías gotas de agua que caían mal intencionadas. Cuando se dio cuenta de que el motor no se ponía en marcha salió de su coche y se ofreció a echarme una mano, pero sus conocimientos de mecánica eran tan escasos como los míos. Me miró deteniéndose en mis ojos un buen rato y luego miró hacia las puertas de los grandes almacenes.

-Tenemos dos alternativas –me dijo mirándome de nuevo a los ojos con los brazos en jarra-. Podemos volver y esperar a que escampe mientras nos tomamos un café e intentar entonces poner el coche en marcha.
-¿Cuál es la segunda alternativa? –pregunté cuando guardó silencio.
-La segunda alternativa no te va a gustar y te la desaconsejo.
-Me gustaría saber cuál es de todas formas y si es posible antes de que el agua comience a calarme.
-Hacer un sitio en mi maletero para guarda tus compras y llevarte a casa en mi coche.
-Te agradezco de veras tu ayuda y estudiando tus alternativas la primera me parece la más acertada, pero no es necesario que te quedes conmigo. Podré esperar sola a que deje de llover.
Le eché la llave al coche y me ceñí la chaqueta al cuerpo para protegerme de la lluvia.
-No voy a dejarte sola después de haberte conocido, me crearía cargos de conciencia y prefiero dormir bien a no hacerlo por no dejar de pensar en por qué no hice todo lo que estaba en mis manos para ayudarte.
-En ese caso, vete tranquilo, te libero de tus cargos de conciencia.
Pasé por delante de él para dirigirme a la entrada de los grandes almacenes pero su voz me detuvo.
-Lo mínimo que podías hacer por mí es invitarme a un café –me gritó-. Por intentar ayudarte me estoy empapando y si no tomo algo caliente cogeré un resfriado y entonces serás tú quien tenga cargos de conciencia.
-Haz lo que te parezca, yo me voy dentro.Me siguió a unos pocos centímetros hasta llegar a la primera cafetería que encontré en el camino y cuando fui a entrar me extendió la mano abortando mi paso.
-Roberto.
Le estreché la mano. No le conocía demasiado, pero era simpático, y era cierto que estaba muy cerca de coger un resfriado. En su nariz vi una gotita brillante y transparente salir apurada de uno de los orificios.
-Claudia.


Aquella tarde, otra era la canción que bailó en mis oídos en la cafetería que fue testigo del inicio de un romance desahuciado.

“Esta vez quiero que estés cerca, olvidar la tristeza que dejó el ayer, déjame creer que esto no es un sueño, ni otro intento contra la pared”

Durante dos meses fuimos pegamento, y transcurrido ese tiempo nos volvimos tan inseparables que era inconcebible la vida de uno sin el otro. Ambos nos llenamos de pretensiones y fiándonos únicamente de lo que sentíamos en los momentos que pasábamos juntos, concluimos en lo absurdo que resultaba convertirnos en esos legendarios amantes de novela rosa, que se separaban al amanecer después de haber pasado toda la noche juntos y remediamos las circunstancias con la precipitación que provocaron nuestras ansias.
Me perdí, pero él se perdió antes que yo. En algún momento se desorientó por completo y no supo encontrar el norte. Guardó silencio para no bajarme de las nubes que habíamos amueblado entre los dos, y me dio lo mejor de sí, para seguir construyendo mi felicidad con piedras de baja calidad que un soplo de aire hubiera destruido en un solo instante.
Esta es la última cerveza que me tomo. Estos son los últimos momentos que pienso en él. Me concedo dos minutos más de recuerdos, pero después de esta noche, la tristeza se volatilizará cuando vomite en el baño.
Esta mañana, cuando ha alzado la vista para mirarme en la cocina mientras preparaba café, he visto la verdad reflejada en sus ojos y sentido una profunda tristeza.

-Roberto... –he susurrado caminando hacia él.
-Qué –ha dicho con aire distraído apartando la cafetera del fuego.
-Tus ojos... No hay luz en ellos. No son los ojos que conocí en el aparcamiento de unos grandes almacenes.
Roberto agachó la cabeza apesadumbrado. No me hacía falta volverle a mirar a los ojos para saber que la luz que no veía en ellos hacía mucho tiempo que se había extinguido, pero aun así le levanté la barbilla con suavidad.
-¿Desde cuándo no me quieres?
-De la forma en que mereces y debería haberlo hecho... –bajó la mirada-. Nunca. -¿Nunca me has querido? –pregunté lentamente, más sintiendo pena por él que por mi misma.
-No te amo.
-¿Y pensabas seguir viviendo conmigo sabiendo eso? –mí desconcierto era evidente.
-Lo último que te haría en este mundo es daño.
Le abracé con fuerza, pero lo que me impulsó a hacerlo, no fue el amor, sino la ternura que suscitaba en mí la calidez de su voz. Cuando me separé de él le cogí de las manos.
-Este es el final.
-No quiero que nos separemos. Dame tiempo, enamorarse de ti es muy sencillo... -Pero no lo es para ti. Mientras te abrazaba, me he aferrado a una esperanza, pero esa esperanza no existe. Daría todo porque permaneciéramos juntos, pero no quiero vivir con alguien que se tiene que esforzar en quererme.
Le besé en la mejilla muy suavemente, sabiendo lo que ese amistoso gesto significaba para nuestras vidas venideras.

Apuro la última gota del vaso. Lo exprimiría como a una naranja para extraerle todo el zumo sino fuera de vidrio. Tengo ganas de emplear todas mis fuerzas en apretar, un trapo, una bota, lo que sea, pero algo que pueda retorcer hasta que mis manos se vuelvan rojas.
Son las doce y media. Acordamos que esta tarde recogería sus cosas y se instalaría en casa de un amigo hasta encontrar un lugar dónde vivir a partir de ahora. Para mí hubiera sido más fácil desprenderme de sus recuerdos marchándome yo, pero ha insistido tanto en que me quedara en el piso, que no he podido negarme a colaborar en su redención. Él se quedará más tranquilo y a mí me servirá de terapia para vencer los dos maravillosos años que me estuvo engañando. Ha transcurrido el tiempo suficiente para que su perfume haya desaparecido en el aire de nuestro hogar. Cambiaré la ropa de la cama y desinfectaré toda la casa con lejía. No quiero que nada huela a Roberto. Voy a olvidarme de que algún día existió, y si le recuerdo, que sea muy levemente; de soslayito; como el murmullo de una cascada lejana. De ahora en adelante desconfiaré de los hombres que me ofrezcan su ayuda en un abril torrencial en los aparcamientos de unos grandes almacenes porque no consiga hacer arrancar el coche. Encontraré el modo de arreglármelas sola.

“Otro amor vendrá, si hoy estoy muriendo, otro amor vendrá, otro amor mejor...”

Empieza a gustarme la música que ponen en este sitio. Y es que algo tan sencillo como una canción puede hundirte en la miseria más profunda o lograr que salgas de ella para elevarte a un cielo tan alto que nos es desconocido por su lejanía. Y si esa sencillez es capaz de atribuirse tantos triunfos, debe ser importante... Sonrío con ganas de hacerlo por un rato más…Si algo esta claro, es lo que a alguien se le ocurrió decir con música…

“... Otro amor vendrá, porque voy a dedicarme a vivir sin ti, para ser feliz, otro amor vendrá”

25 mayo 2007

Destino


Flavia no podía dejar de llorar.Se la solía ver pasear por los alrededores del castillo sola y a menudo secándose las lágrimas con uno de sus pañuelos de seda blanco. La tristeza que sentía era tan inmensa que los ojos se le habían hundido en dos infinitos agujeros debajo de la frente, oscureciéndose el canela vivaz de su mirada. Nunca se dejaba acompañar en estos largos paseos por ninguna de sus doncellas, aunque temerosos sus padres de que la muchacha huyera a su destino en un acto de rebeldía –conociendo bien su disconformidad- o en un momento desesperado intentara atentar contra su existencia, la hacían seguir por uno de los siervos sin que ella lo supiera.Caminaba despacio, deteniéndose con frecuencia para oler el suave perfume de las flores del cerro al mismo tiempo que las empapaba de su pena aguosa, y entregaba su rostro al viento para que éste lo acariciara con la ternura que no hallaría en otras manos. Su mayor desdicha era la fortuna de haber nacido en buena cuna. Quince años bien vividos era el precio que pagaría por el resto de una vida que auguraba llena de desolación, ya que no era elegida sino impuesta.No podía responsabilizar a sus padres de su abatimiento, por haberle procurado un bienestar figurado, o a Enar –la tata que la crió- por haberle mostrado un mundo distinto a través de los cuentos que desde niña le explicaba para que se durmiera, sobre seres mágicos que habitan en el corazón de los bosques, ni tampoco por haberle enseñado a soñar; pero si las costumbres señoriales no fueran acérrimas y desproporcionadas, ella no se hallaría sumergida en tanto sufrimiento. Quizás las historias de Enar le habían abierto la mente hasta el extremo de saber distinguir entre lo que quería y lo que no quería, un pensamiento muy lejano para una joven de fino linaje de la que se esperaba obediencia y sumisión. Podrían disponer de su cuerpo, de su persona, pero nunca nadie jamás, podría disponer de los pocos sueños que aún le quedaban.La tarde caía cuando decidió volver a las frías estancias del castillo. A su encierro. Su prisión.Se sentaría cerca de una de las ventanas de su aposento para ver como el cielo oscurecía hasta teñirse por completo de la noche y después observaría la luna durante un rato antes de irse a dormir.

06 enero 2007

Anoche ocurrió algo mientras dormía.
Tres señores ataviados con capas entraron en casa silenciosamente, se comieron el pollo que había sobrado de la cena, acompañado con refrescos que había en la nevera y con un sentido del humor muy desarrollado para esas horas de la madrugada, me quitaron las zapatillas para dejarlas en el comedor junto a unos objetos envueltos que no me pretenecen y a los que daré uso con la inteción de que no se estropeen mientras trato de localizar a sus auténticos dueños.
En realidad no estaba dormida.
Oí ruídos y entreabrí con cuidado la puerta de mi habitación, fue entonces cuando vi pasar las tres capas por el pasillo hasta el comedor. Una vez allí, a uno de los señores le vino olor a comida procedente de la cocina y con una amplia sonrisa hizo que sus compañeros le siguieran. A su favor debo decir que al menos después de terminarse el pollo, fregaron el plato y que tiraron las latas de refrescos a la basura, aunque esto no les exima del resto de sus malas acciones.
Cuando me percaté que iban a entrar en mi habitación me metí en la cama, tapándome hasta las orejas, y sólo después de que cogieran mis zapatillas, volví a asomarme. Vi como de unos sacos extraían los objetos envueltos y los dejaban en el comedor. Sé que en ese momento pude descubrirme para decirles que no quería nada de personas que no conocía y recriminarles que se comieran el pollo, pero en lugar de esto, preferí callar y esperar a que se hicera de día, por si se les ocurría volver otra vez.

Debo confesar que esta mañana al levantarme y ver esas cosas que han dejado, he sentido un atisbo de ilusión. No sé si volverán a casa el año que viene, ni si han entrado en otros hogares... pero por si acaso, la próxima vez no cerraré demasiado la puerta, para que no se trate de un allamiento de morada; les dejaré comida preparada para que no tengan que robarla, así como mis zapatillas en el comedor para que no se les pueda acusar de premeditación y alevosía; y por último les escribiré una carta con las cosas que me gustaría tener al año siguiente...
Quizás me esté precipitando un poco, pero no pierdo nada por intentarlo...

21 diciembre 2006

Se habían ido a dormir sin mediar palabra, aunque ninguno de los dos había dormido en toda la noche. Él se levantó antes que ella, como todas las mañanas, para dirigirse a su trabajo. Antes de salir de la habitación se arrodilló delante de ella, que se fingía dormida, y depositó un beso sobre su frente, luego abandonó la estancia. Una lágrima rodó por la mejilla de ella, la primera de muchas otras que vendrían luego. Se levantó de la cama, fue hasta el espejo que había encima de la cómoda y al reflejarse en él, por un momento perdió la visión de si misma al aguase sus ojos.
“Ya no soy la misma para él, no reconoce en mi a la mujer de la que se enamoró”.
Durante la comida tampoco se dijeron nada. Sólo había mucho silencio. Silencio y dolor. Sufrimiento. Ella le miraba, y le hablaba secretamente: “te amo”.
Al caer la noche, se dio un largo baño de espuma con sales aromáticas, se perfumó, se peinó durante mucho rato y luego se puso su camisón celeste y la bata del mismo color. Dejó sobre el lado de él la mejor rosa que había encontrado en el jardín y se sentó en la cama mientras le esperaba.
Oyó la puerta de casa cerrarse y a los pocos minutos apareció en la puerta de la habitación.
Él miró la rosa roja y luego la miró a ella. Se echó las dos manos a la cara y empezó a llorar dejándose caer sobre sus rodillas.
-Lo siento.
Ella cogió la rosa y se arrodilló delante de él. Le apartó las manos de la cara y luego le limpió las lágrimas con sus propios dedos. Le obligó a que la mirara a los ojos.
-Sólo quiero que recuerdes aquella noche. Ninguno de los dos somos los de antes, hemos envejecido y se que ya no me parezco a la mujer a la que prometiste amar siempre. Recuerda cuando depositaste una rosa como esta sobre la cama mientras esperabas que yo entrara en la habitación… Llevo el mismo camisón de entonces, me he peinado de la misma forma y mi piel, algo más arrugada, huele del mismo modo; recuerda cuánto nos amábamos y las promesas que nos hicimos; recuerda cada uno de los besos, las caricias…; recuerda aquella noche y cree que es ésta. Olvida lo que harás mañana cuando te levantes y volvamos al ayer hasta que amanezca. Quiero que por unas horas nos reencontremos con aquellos jóvenes que fuimos, que cierres los ojos e imagines que es posible. Sólo por esta vez. Deja que te regale una noche como tú hiciste hace mil años. Voy a creer de verdad que me amas y cuando salga el sol despertaré del sueño, y lo guardaré muy dentro de mí.
Le dio la rosa. Él la cogió y luego le apretó la mano. Juntos caminaron hasta la cama. Como aquella vez, le desabrochó la bata. Ella rodeó su cuello con las manos y fundieron sus cuerpos hasta la eternidad…”

¿Y si el hombre de tu vida entra por la puerta, pero tú no le ves porque estás demasiado ocupada mirando el suelo?
Supón que la puerta que atraviesa es la del metro, y que tú conseguiste llegar a un asiento vacío antes que la mujer que cargaba bolsas en ambas manos. No tendrás que quedarte de pie entre manos que cuelgan a los dos lados de cuerpos que desconoces, a la altura de tu trasero, ni te verás obligada a soportar una situación que detestas.

El hombre de tu vida te mira recorriendo con sus ojos las caras de todas las personas que aumentan la temperatura del vagón, pero tú no levantas la cabeza del suelo. Siempre consideraste que el suelo era más enriquecedor que lo que te rodea todas las mañanas a esa hora.

La siguiente parada es la tuya. Permaneces sentada hasta que el metro disminuye la velocidad y entonces es cuando miras al frente para abrirte paso entre apretujones y le ves. Él también te ha mirado advirtiendo que estabas a punto de hacerlo tú. No puedes evitar lamentarte por no haber estado más atenta a las personas que entraban admitiendo que, incluso en el metro pueden ocurrir cosas interesantes. Te replanteas seriamente si es mejor seguir mirando al suelo en lo sucesivo, perdiéndote como consecuencia de ello visiones agradables como la que acabas de tener, o de vez en cuando alzar la cabeza por si acaso alguien como ese extraño y potencial hombre de tu vida entra.

Sales del metro con un séquito de personas haciéndote la corte y piensas: ¿y si se tratara del hombre de mi vida y no le vuelvo a ver más? Por un momento te quedas parada, justo en el instante en que las puertas del metro se cierran. No le has podido ver por última vez, ni siquiera podrás recordar su rostro al cabo de una semana, quizás en menos tiempo lo habrás olvidado ya. Cobras conciencia de lo que has estado a punto de hacer si tu mente hubiera actuado más deprisa: volver a entrar en el vagón e intentar pasar el resto de la vida con él.

Estás sola en el andén. Las personas que bajaron contigo hace minutos que se fueron, pero tu sigues inmóvil, desconociendo que no puedes moverte. Sabes lo que ha pasado, reconoces el sentimiento que has tenido pero decides ignorarlo... Definitivamente no era el hombre de tu vida.

Cuando te giras para seguir tu camino, le ves delante de ti, tan quieto como tú lo habías estado, mirándote con desconcierto. No parece asustado, pero tu tampoco lo estás... ¿Y si no es el hombre de tu vida ni tu la mujer de la suya?
De pie uno enfrente del otro el silencio no es demasiado incómodo. Puedes haberte confundido cuando le descubriste entre la gente... Ahora no te parece tan atractivo, pero a pesar de todo sigues sintiendo algo que prefieres no alimentar con pensamientos precipitados acerca de los dos.
Os seguís mirando. Parece que el tiempo pasa lento, pero no es así, sólo transcurrieron unos segundos desde que te giraste y le viste.
Él se acerca un poco a ti, tú casi estabas deseando que no lo hiciera. Estás contrariada.
Te sonríe levemente, y con la voz que siempre imaginabas que tendría el hombre de tu vida, te pregunta:
-¿Y si...?
Esbozas una sonrisa antes de interrumpirle.
-Sí, ¿y si...?
No podrías asegurar que es el hombre de tu vida, pero tampoco pretendes que tu vida acabe con un hombre, ¿y si no hubieras bajado en la estación? ¿Y si no te hubieras parado en lugar de seguir tu camino? ¿Y si él no estuviera delante de ti? ¿Y si no te hubiera dicho nada?
¿Y SI COGIERAS EL METRO DE VEZ EN CUANDO?

04 noviembre 2006


En mi infancia, solía hacerle la misma pregunta a Odon las veces que salíamos a caminar por la noche y nos sentábamos en unas rocas a mitad de camino a contemplar el cielo:
-Odon, ¿la luna llora?
Odon me miraba con una sonrisa dibujada en su rostro, y después decía:
-Mírala bien -fijaba sus ojos en la compañera de la Tierra durante milenios en una pausa que no prolongaba demasiado tiempo-. ¿Qué ves?
-Nada -Era mi respuesta tras auscultar el astro cuidadosamente para que ningún detalle se me pasara por alto.
-Entonces, la luna no llora.

Todos los años fui a caminar con Odon por las noches, y todos los años le hacía la misma pregunta cuando nos deteníamos a mitad de camino a sentarnos en las mismas rocas de siempre para contemplar el cielo:
-Odon, ¿la luna llora?
-Mírala bien -Y con los ojos entrecerrado por la edad apuraba la visión del astro blanco antes de continuar hablando-. ¿Qué ves?
-Veo unos ojos -dije esperando que esa vez Odon satisfaciera la curiosidad de años.
-¿Puedes ver los ojos de la luna?
-Sí, pero no están llorando.
-Entonces, es que la luna no llora aún.

Volví al cabo de muchos lustros de ausencia y cuando salí a caminar por la noche solo, y me detuve en las rocas en que acostumbraba a hacerlo con Odon a mitad de camino para contemplar el cielo, miré el vacio que Odon había dejado y pregunté en voz alta sin esperar respuesta:
-Odon, ¿la luna llora?
-Mírala bien -Oí de nuevo la voz de Odon tan pausada y serena como la recordaba-. ¿Qué ves?
Miré la luna y sonreí.
-Veo unos ojos y unas lágrimas brotar de ellos.
-Entonces, es que la luna llora -me dijo venciendo las fronteras que separan nuestros mundos.

Comprendí en ese momento lo que Odon había intentado explicarme durante años: la respuesta a mi pregunta siempre había estado en mí. Y en un instante también comprendí que el poder estaba en uno mismo, y que no bastaba con desear que ocurriese algo, había que querer que sucediese de verdad, y durante muchos años deseé que la luna llorase, pero hasta que quise que eso suceciera de veras, no vi sus lágrimas.
Cerré los ojos por unos segundos y al abrirlos vi a Odon sentado en el lugar dónde solía hacerlo las veces que salíamos a caminar por las noches y nos deteníamos a mitad de camino a contemplar el cielo. Nos levantamos de las rocas y juntos emprendimos el camino de regreso.

Pd: el otoño me ha traído a la memoria este viejo cuento que escribí hace muchos años, quizás porque esta es la época en la que tendemos a recordar y en la que cierta nostalgia se apodera de nosotros.

Siempre he pensado que los principios son duros porque nos enfrentamos a lo desconocido, y esto nos puede producir temor e inseguridad, pero también ilusión cuando zanjamos una etapa de nuestra vida para empezar otra, necesitando un cambio, algo nuevo, que haga que todo sea distinto, o simplemente busquemos un aliciente al que aferrarnos para seguir caminando por tortuosos y caprichosos senderos.

Hoy comienzo a compartir con otras personas este desván. Aquí es donde guardo lo que no quiero y lo que quiero; lo que deseo olvidar y lo que deseo recordar; los malos y los buenos momentos, en resumidas cuentas, todo aquello que ha formado y forma parte de mí.

Sentada encima de una caja de madera, mientras miro a mí alrededor, reflexiono sobre la proliferación de rincones como éste y, me pregunto qué es lo que nos conduce a querernos expresar… Tal vez es que tenemos demasiadas cosas que decir y no podemos callar; o la necesidad de compartir con otras personas inquietudes y emociones; o la búsqueda de otros puntos de vistas que nos ayude a entender aquello que no comprendemos de nosotros mismos… ¿Por qué utilizamos la palabra como puente para llegar a otros lugares?

Bienvenidos seáis a éste rinconcito donde lo importante es estar de la manera en que se deseé hacerlo.Quizás éste sea el principio de algo…