
Me asaltaron, pero no de la forma en que un ladrón se apropia de las pertenencias de otra persona, o un seductor se queda con el corazón que no se le ha entregado voluntariamente, no, me asaltaron en la calle con un micrófono, volviendo a casa un mediodía del instituto.
Mi relación con la radio empezó siendo muy niña con Elena Francis y después continuó cuando mi antecesor de sangre participaba en los concursos de la radio local de mi pueblo, un día sí y al otro ¿cómo no?, y me ponía al teléfono cuando excedía el cupo de llamadas semanales, para que fuera la portavoz de sus conocimientos... o al menos así lo recuerdo.
Gracias a la radio y a la sabiduría fraternal, comimos muchos domingos en los jardines de un antiguo y enorme caserón hecho restaurante, entre árboles frondosos y aroma a pino, al que la persistencia de nuestros aciertos (como representante vocal ocasional, eran míos a medias...), hacía que nos trataran con cierta familiaridad.
La radio también me regaló un anillo de metal precioso, que perdí a las pocas semanas en el colegio, al quitármelo para lavarme las manos. No volví a saber nunca más nada de él.
La época “responda otra vez” terminó, pero la radio continuó a mi lado.
Antes de abandonar definitivamente la infancia, un programa me enseñó la radio por dentro.
Todas las tardes, después del colegio iba a la emisora local, donde acudían niños de otros colegios con las mismas inquietudes radiofónicas que yo (retrasar la hora de hacer los deberes).
Me pasó desapercibido un locutor de los Principales 40, cuya etapa televisiva le llevó a Marte a explicar marcianas crónicas y a ponerse unas gafas negras conjuntadas con el traje, al estilo del chico Martini, en aquella época... al menos al principio. Ya se sabe que a fuerza de hacerse visible, hasta lo pequeño se hace grande, y ahora lo es y mucho, porque hace lo que quiere.
Ni todos los que perseguimos nuestros sueños, los alcazamos, ni todos somos perseguidores de sueños.
Me puse delante del micrófono con unos cascos demasiado grandes para mi cabeza de bombilla (mi cabeza sigue siendo pequeña, pero ya no parece una bombilla), en los que el productor tuvo a bien ponerme sardanas durante gran parte de mi intervención, y durante diez minutos, en el espacio del mismo programa “Pequeños locutores”, me convertí en una locutora nerviosa, de voz temblorosa (las sardanas influyeron sobremanera), a la que los oyentes hicieron ganadora (hermano, hermano otra vez imitando a Heidi, amigos y vecinos).
Prosiguiendo con el asalto a horas poco adecuadas para hacer concursos en la calle, al reportero le conocía del instituto, de hecho, en mi fuero interno le llama “el chico de la bici”, porque era su medio de transporte habitual, y hacía algunos meses habíamos compartido un baile en un “guateque noventero” que organizó una compañera de clase en el sótano de su casa, y al que me invitó, además de por tener cierta amistad, para “unirme” al chico que me gustaba a través de juegos inofensivos, a los que no sucumbimos ninguno de los dos... aunque sucumbimos con otras personas.
Fue la segunda y última fiesta a la que he asistido. Las fiestas no son mi lugar.
En la primera, celebrada por una cumpleañera, descubrí que algunos niños-hombres se comportan como rumiantes hocicudos, y en la segunda, hasta que punto podía ser así.
El chico de la bici me vio, y me hizo su presa. No había nadie en la calle a esa hora (todos comían en sus casas) y con la mirada me suplicó que no hundiera su siguiente conexión en directo... “por los viejos tiempos” (breves, pero haberlos, los hubieron).
-Te hago una pregunta y respondes cuando te de paso... Es fácil.
En antena: ¿qué película española de época, ha ganado recientemente un Oscar?
Conocía la respuesta, pero me distrajo el chico de la bici vocalizando exageradamente el nombre de la película.
-Belle Époque.
Mi relación con la radio empezó siendo muy niña con Elena Francis y después continuó cuando mi antecesor de sangre participaba en los concursos de la radio local de mi pueblo, un día sí y al otro ¿cómo no?, y me ponía al teléfono cuando excedía el cupo de llamadas semanales, para que fuera la portavoz de sus conocimientos... o al menos así lo recuerdo.
Gracias a la radio y a la sabiduría fraternal, comimos muchos domingos en los jardines de un antiguo y enorme caserón hecho restaurante, entre árboles frondosos y aroma a pino, al que la persistencia de nuestros aciertos (como representante vocal ocasional, eran míos a medias...), hacía que nos trataran con cierta familiaridad.
La radio también me regaló un anillo de metal precioso, que perdí a las pocas semanas en el colegio, al quitármelo para lavarme las manos. No volví a saber nunca más nada de él.
La época “responda otra vez” terminó, pero la radio continuó a mi lado.
Antes de abandonar definitivamente la infancia, un programa me enseñó la radio por dentro.
Todas las tardes, después del colegio iba a la emisora local, donde acudían niños de otros colegios con las mismas inquietudes radiofónicas que yo (retrasar la hora de hacer los deberes).
Me pasó desapercibido un locutor de los Principales 40, cuya etapa televisiva le llevó a Marte a explicar marcianas crónicas y a ponerse unas gafas negras conjuntadas con el traje, al estilo del chico Martini, en aquella época... al menos al principio. Ya se sabe que a fuerza de hacerse visible, hasta lo pequeño se hace grande, y ahora lo es y mucho, porque hace lo que quiere.
Ni todos los que perseguimos nuestros sueños, los alcazamos, ni todos somos perseguidores de sueños.
Me puse delante del micrófono con unos cascos demasiado grandes para mi cabeza de bombilla (mi cabeza sigue siendo pequeña, pero ya no parece una bombilla), en los que el productor tuvo a bien ponerme sardanas durante gran parte de mi intervención, y durante diez minutos, en el espacio del mismo programa “Pequeños locutores”, me convertí en una locutora nerviosa, de voz temblorosa (las sardanas influyeron sobremanera), a la que los oyentes hicieron ganadora (hermano, hermano otra vez imitando a Heidi, amigos y vecinos).
Prosiguiendo con el asalto a horas poco adecuadas para hacer concursos en la calle, al reportero le conocía del instituto, de hecho, en mi fuero interno le llama “el chico de la bici”, porque era su medio de transporte habitual, y hacía algunos meses habíamos compartido un baile en un “guateque noventero” que organizó una compañera de clase en el sótano de su casa, y al que me invitó, además de por tener cierta amistad, para “unirme” al chico que me gustaba a través de juegos inofensivos, a los que no sucumbimos ninguno de los dos... aunque sucumbimos con otras personas.
Fue la segunda y última fiesta a la que he asistido. Las fiestas no son mi lugar.
En la primera, celebrada por una cumpleañera, descubrí que algunos niños-hombres se comportan como rumiantes hocicudos, y en la segunda, hasta que punto podía ser así.
El chico de la bici me vio, y me hizo su presa. No había nadie en la calle a esa hora (todos comían en sus casas) y con la mirada me suplicó que no hundiera su siguiente conexión en directo... “por los viejos tiempos” (breves, pero haberlos, los hubieron).
-Te hago una pregunta y respondes cuando te de paso... Es fácil.
En antena: ¿qué película española de época, ha ganado recientemente un Oscar?
Conocía la respuesta, pero me distrajo el chico de la bici vocalizando exageradamente el nombre de la película.
-Belle Époque.
No recogí las dos invitaciones a una consumición gratis en un nuevo Pub que habían abierto en el pueblo, ni siquiera lo hice para volver a ese pasillo estrecho que había en la emisora por el que siempre había alguien con quien chocarse, ni para oler el vinilo de los discos ni las fundas de cartón que los guardaban.
Me gusta oír voces (por la radio, claro, si las oigo sola en casa, no salgo del baño), no tener la imagen de sus propietarios, solo dejarme envolver por sus sonidos. Eso es la radio.
Me gusta oír voces (por la radio, claro, si las oigo sola en casa, no salgo del baño), no tener la imagen de sus propietarios, solo dejarme envolver por sus sonidos. Eso es la radio.

















