Donde la vida me lleve, iré; donde se detenga, pararé.En las últimas semanas, la causalidad (y sólo ella quiso que estuviera donde estuve, para saber lo que sé) ha tenido a bien poner en mi conocimiento hipotéticas realidades ajenas a mí, versadas sobre temas universales, con alto cariz trascendental, que rozan lo filosófico y hasta lo metafísico.
En el centro de un círculo con fisuras (como el corro de “el patio de mi casa es particular, cuando llueve y se moja no es como los demás”), observo que hay quienes se proponen cambiar de vida, porque la que tienen no les satisface; quienes reflexionan sobre si el camino tomado años atrás, fue el correcto o hubiera sido mejor seguir otro; también hay quienes evolucionan completando ciclos (a veces vitales); o a quienes les inquieta el porvenir (porllegar); y estoy yo, espectadora en la distancia (por no preocuparme estas cuestiones), viviendo un presente (que es lo único que tengo ahora) sin mañana, y formándome ideas objetivas (subjetivas, la experiencia no deja otra alternativa) acerca de lo que mis sentidos perciben. Yo no pienso tanto (al menos sobre ciertas cosas), como los demás.
Son sus circunstancias, sus razones, las que a todas esas personas les hace plantearse la vida o parte de ella, vivida o por vivir, entretanto, permanezco al margen de esas divagaciones, blindada (por voluntad propia) para que no me alcancen. Aún no.
Será que me he vuelto insensible (reconozco haber sido distinta); que cuanto más fuerte soy, menos vulnerable parezco; que una determinación firme del pasado me mantiene ausente de pensamientos profundos (de esos a los que no escapa nadie) o simplemente, que me limito a vivir hasta consumir el tiempo, viendo pasar la vida de los demás con sus incertidumbres y certezas… Donde la vida me lleve, iré; donde se detenga, pararé.




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