Me detengo en el semáforo del cruce (sí un semáforo más en mi vida, ¿qué pasa?), y una vocecilla desde su cochecito me dice con una claridad asombrosa:-Señora no cruce, que está en rojo.
¿¡Señora!? La educación de la rubita de ojos claros es colosal, pero su percepción sobre la realidad exagerada… “Señora” no era la palabra adecuada (aunque para enanitos de tres años, los que son más altos que ellos lo sean) y la criaturita en cuestión, debería haber incluido en su vocabulario asociativo (ya que inteligencia le sobra), términos más acertados como el de “jovencita”.
-Jovencita no cruces, que está en rojo.
La miro intercambiando risas con su madre, que poco después me confirma la edad de la angelita, algo repipi y parlanchina, pero lindísima.
Desvarío… un niño de la misma edad hubiera guardado silencio y tenido pensamientos catastrofistas: “el coche se rompe y boom ¡cataplás!”
Desvarío… un niño de la misma edad hubiera guardado silencio y tenido pensamientos catastrofistas: “el coche se rompe y boom ¡cataplás!”
Durante la espera roja, me fijo en el monigotito del semáforo, cansada de ver las caras de los de la acera de enfrente, y reparo en el alto grado de sexismo contenido en el mismo… ¿por qué no una monigotita con falda? El feminismo es desplazado por mi alma igualitaria… ¿por qué no los dos?
La sabijonda abuclada (y sin rastro de encrespamiento en su cabello) sigue enajenando acerca de las personas que no respetan a los monigotes y cuando el hombre maduro es sustituido (¿habré aprendido ya el funcionamiento de los semáforos? Es que los de éste pueblo son rarísimos) por el hombre torero, en mis oídos la vocecilla inicial vuelve a sonar:
-Ya puede pasar, señora.
¡Grrrrrrrrr!
-Ya puedes pasar, jovencita.
Me despido de ella con la absoluta convicción de haber conocido al futuro de mi pensión (¡para la que aún falta varias décadas!), sólo que entonces, no estará sentada en un cochecito remolcado, sino en un sillón de piel azul.
-Ya puede pasar, señora.
¡Grrrrrrrrr!
-Ya puedes pasar, jovencita.
Me despido de ella con la absoluta convicción de haber conocido al futuro de mi pensión (¡para la que aún falta varias décadas!), sólo que entonces, no estará sentada en un cochecito remolcado, sino en un sillón de piel azul.
















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