25 mayo 2007

Destino


Flavia no podía dejar de llorar.Se la solía ver pasear por los alrededores del castillo sola y a menudo secándose las lágrimas con uno de sus pañuelos de seda blanco. La tristeza que sentía era tan inmensa que los ojos se le habían hundido en dos infinitos agujeros debajo de la frente, oscureciéndose el canela vivaz de su mirada. Nunca se dejaba acompañar en estos largos paseos por ninguna de sus doncellas, aunque temerosos sus padres de que la muchacha huyera a su destino en un acto de rebeldía –conociendo bien su disconformidad- o en un momento desesperado intentara atentar contra su existencia, la hacían seguir por uno de los siervos sin que ella lo supiera.Caminaba despacio, deteniéndose con frecuencia para oler el suave perfume de las flores del cerro al mismo tiempo que las empapaba de su pena aguosa, y entregaba su rostro al viento para que éste lo acariciara con la ternura que no hallaría en otras manos. Su mayor desdicha era la fortuna de haber nacido en buena cuna. Quince años bien vividos era el precio que pagaría por el resto de una vida que auguraba llena de desolación, ya que no era elegida sino impuesta.No podía responsabilizar a sus padres de su abatimiento, por haberle procurado un bienestar figurado, o a Enar –la tata que la crió- por haberle mostrado un mundo distinto a través de los cuentos que desde niña le explicaba para que se durmiera, sobre seres mágicos que habitan en el corazón de los bosques, ni tampoco por haberle enseñado a soñar; pero si las costumbres señoriales no fueran acérrimas y desproporcionadas, ella no se hallaría sumergida en tanto sufrimiento. Quizás las historias de Enar le habían abierto la mente hasta el extremo de saber distinguir entre lo que quería y lo que no quería, un pensamiento muy lejano para una joven de fino linaje de la que se esperaba obediencia y sumisión. Podrían disponer de su cuerpo, de su persona, pero nunca nadie jamás, podría disponer de los pocos sueños que aún le quedaban.La tarde caía cuando decidió volver a las frías estancias del castillo. A su encierro. Su prisión.Se sentaría cerca de una de las ventanas de su aposento para ver como el cielo oscurecía hasta teñirse por completo de la noche y después observaría la luna durante un rato antes de irse a dormir.

06 enero 2007

Anoche ocurrió algo mientras dormía.
Tres señores ataviados con capas entraron en casa silenciosamente, se comieron el pollo que había sobrado de la cena, acompañado con refrescos que había en la nevera y con un sentido del humor muy desarrollado para esas horas de la madrugada, me quitaron las zapatillas para dejarlas en el comedor junto a unos objetos envueltos que no me pretenecen y a los que daré uso con la inteción de que no se estropeen mientras trato de localizar a sus auténticos dueños.
En realidad no estaba dormida.
Oí ruídos y entreabrí con cuidado la puerta de mi habitación, fue entonces cuando vi pasar las tres capas por el pasillo hasta el comedor. Una vez allí, a uno de los señores le vino olor a comida procedente de la cocina y con una amplia sonrisa hizo que sus compañeros le siguieran. A su favor debo decir que al menos después de terminarse el pollo, fregaron el plato y que tiraron las latas de refrescos a la basura, aunque esto no les exima del resto de sus malas acciones.
Cuando me percaté que iban a entrar en mi habitación me metí en la cama, tapándome hasta las orejas, y sólo después de que cogieran mis zapatillas, volví a asomarme. Vi como de unos sacos extraían los objetos envueltos y los dejaban en el comedor. Sé que en ese momento pude descubrirme para decirles que no quería nada de personas que no conocía y recriminarles que se comieran el pollo, pero en lugar de esto, preferí callar y esperar a que se hicera de día, por si se les ocurría volver otra vez.

Debo confesar que esta mañana al levantarme y ver esas cosas que han dejado, he sentido un atisbo de ilusión. No sé si volverán a casa el año que viene, ni si han entrado en otros hogares... pero por si acaso, la próxima vez no cerraré demasiado la puerta, para que no se trate de un allamiento de morada; les dejaré comida preparada para que no tengan que robarla, así como mis zapatillas en el comedor para que no se les pueda acusar de premeditación y alevosía; y por último les escribiré una carta con las cosas que me gustaría tener al año siguiente...
Quizás me esté precipitando un poco, pero no pierdo nada por intentarlo...

21 diciembre 2006

Se habían ido a dormir sin mediar palabra, aunque ninguno de los dos había dormido en toda la noche. Él se levantó antes que ella, como todas las mañanas, para dirigirse a su trabajo. Antes de salir de la habitación se arrodilló delante de ella, que se fingía dormida, y depositó un beso sobre su frente, luego abandonó la estancia. Una lágrima rodó por la mejilla de ella, la primera de muchas otras que vendrían luego. Se levantó de la cama, fue hasta el espejo que había encima de la cómoda y al reflejarse en él, por un momento perdió la visión de si misma al aguase sus ojos.
“Ya no soy la misma para él, no reconoce en mi a la mujer de la que se enamoró”.
Durante la comida tampoco se dijeron nada. Sólo había mucho silencio. Silencio y dolor. Sufrimiento. Ella le miraba, y le hablaba secretamente: “te amo”.
Al caer la noche, se dio un largo baño de espuma con sales aromáticas, se perfumó, se peinó durante mucho rato y luego se puso su camisón celeste y la bata del mismo color. Dejó sobre el lado de él la mejor rosa que había encontrado en el jardín y se sentó en la cama mientras le esperaba.
Oyó la puerta de casa cerrarse y a los pocos minutos apareció en la puerta de la habitación.
Él miró la rosa roja y luego la miró a ella. Se echó las dos manos a la cara y empezó a llorar dejándose caer sobre sus rodillas.
-Lo siento.
Ella cogió la rosa y se arrodilló delante de él. Le apartó las manos de la cara y luego le limpió las lágrimas con sus propios dedos. Le obligó a que la mirara a los ojos.
-Sólo quiero que recuerdes aquella noche. Ninguno de los dos somos los de antes, hemos envejecido y se que ya no me parezco a la mujer a la que prometiste amar siempre. Recuerda cuando depositaste una rosa como esta sobre la cama mientras esperabas que yo entrara en la habitación… Llevo el mismo camisón de entonces, me he peinado de la misma forma y mi piel, algo más arrugada, huele del mismo modo; recuerda cuánto nos amábamos y las promesas que nos hicimos; recuerda cada uno de los besos, las caricias…; recuerda aquella noche y cree que es ésta. Olvida lo que harás mañana cuando te levantes y volvamos al ayer hasta que amanezca. Quiero que por unas horas nos reencontremos con aquellos jóvenes que fuimos, que cierres los ojos e imagines que es posible. Sólo por esta vez. Deja que te regale una noche como tú hiciste hace mil años. Voy a creer de verdad que me amas y cuando salga el sol despertaré del sueño, y lo guardaré muy dentro de mí.
Le dio la rosa. Él la cogió y luego le apretó la mano. Juntos caminaron hasta la cama. Como aquella vez, le desabrochó la bata. Ella rodeó su cuello con las manos y fundieron sus cuerpos hasta la eternidad…”

¿Y si el hombre de tu vida entra por la puerta, pero tú no le ves porque estás demasiado ocupada mirando el suelo?
Supón que la puerta que atraviesa es la del metro, y que tú conseguiste llegar a un asiento vacío antes que la mujer que cargaba bolsas en ambas manos. No tendrás que quedarte de pie entre manos que cuelgan a los dos lados de cuerpos que desconoces, a la altura de tu trasero, ni te verás obligada a soportar una situación que detestas.

El hombre de tu vida te mira recorriendo con sus ojos las caras de todas las personas que aumentan la temperatura del vagón, pero tú no levantas la cabeza del suelo. Siempre consideraste que el suelo era más enriquecedor que lo que te rodea todas las mañanas a esa hora.

La siguiente parada es la tuya. Permaneces sentada hasta que el metro disminuye la velocidad y entonces es cuando miras al frente para abrirte paso entre apretujones y le ves. Él también te ha mirado advirtiendo que estabas a punto de hacerlo tú. No puedes evitar lamentarte por no haber estado más atenta a las personas que entraban admitiendo que, incluso en el metro pueden ocurrir cosas interesantes. Te replanteas seriamente si es mejor seguir mirando al suelo en lo sucesivo, perdiéndote como consecuencia de ello visiones agradables como la que acabas de tener, o de vez en cuando alzar la cabeza por si acaso alguien como ese extraño y potencial hombre de tu vida entra.

Sales del metro con un séquito de personas haciéndote la corte y piensas: ¿y si se tratara del hombre de mi vida y no le vuelvo a ver más? Por un momento te quedas parada, justo en el instante en que las puertas del metro se cierran. No le has podido ver por última vez, ni siquiera podrás recordar su rostro al cabo de una semana, quizás en menos tiempo lo habrás olvidado ya. Cobras conciencia de lo que has estado a punto de hacer si tu mente hubiera actuado más deprisa: volver a entrar en el vagón e intentar pasar el resto de la vida con él.

Estás sola en el andén. Las personas que bajaron contigo hace minutos que se fueron, pero tu sigues inmóvil, desconociendo que no puedes moverte. Sabes lo que ha pasado, reconoces el sentimiento que has tenido pero decides ignorarlo... Definitivamente no era el hombre de tu vida.

Cuando te giras para seguir tu camino, le ves delante de ti, tan quieto como tú lo habías estado, mirándote con desconcierto. No parece asustado, pero tu tampoco lo estás... ¿Y si no es el hombre de tu vida ni tu la mujer de la suya?
De pie uno enfrente del otro el silencio no es demasiado incómodo. Puedes haberte confundido cuando le descubriste entre la gente... Ahora no te parece tan atractivo, pero a pesar de todo sigues sintiendo algo que prefieres no alimentar con pensamientos precipitados acerca de los dos.
Os seguís mirando. Parece que el tiempo pasa lento, pero no es así, sólo transcurrieron unos segundos desde que te giraste y le viste.
Él se acerca un poco a ti, tú casi estabas deseando que no lo hiciera. Estás contrariada.
Te sonríe levemente, y con la voz que siempre imaginabas que tendría el hombre de tu vida, te pregunta:
-¿Y si...?
Esbozas una sonrisa antes de interrumpirle.
-Sí, ¿y si...?
No podrías asegurar que es el hombre de tu vida, pero tampoco pretendes que tu vida acabe con un hombre, ¿y si no hubieras bajado en la estación? ¿Y si no te hubieras parado en lugar de seguir tu camino? ¿Y si él no estuviera delante de ti? ¿Y si no te hubiera dicho nada?
¿Y SI COGIERAS EL METRO DE VEZ EN CUANDO?

04 noviembre 2006


En mi infancia, solía hacerle la misma pregunta a Odon las veces que salíamos a caminar por la noche y nos sentábamos en unas rocas a mitad de camino a contemplar el cielo:
-Odon, ¿la luna llora?
Odon me miraba con una sonrisa dibujada en su rostro, y después decía:
-Mírala bien -fijaba sus ojos en la compañera de la Tierra durante milenios en una pausa que no prolongaba demasiado tiempo-. ¿Qué ves?
-Nada -Era mi respuesta tras auscultar el astro cuidadosamente para que ningún detalle se me pasara por alto.
-Entonces, la luna no llora.

Todos los años fui a caminar con Odon por las noches, y todos los años le hacía la misma pregunta cuando nos deteníamos a mitad de camino a sentarnos en las mismas rocas de siempre para contemplar el cielo:
-Odon, ¿la luna llora?
-Mírala bien -Y con los ojos entrecerrado por la edad apuraba la visión del astro blanco antes de continuar hablando-. ¿Qué ves?
-Veo unos ojos -dije esperando que esa vez Odon satisfaciera la curiosidad de años.
-¿Puedes ver los ojos de la luna?
-Sí, pero no están llorando.
-Entonces, es que la luna no llora aún.

Volví al cabo de muchos lustros de ausencia y cuando salí a caminar por la noche solo, y me detuve en las rocas en que acostumbraba a hacerlo con Odon a mitad de camino para contemplar el cielo, miré el vacio que Odon había dejado y pregunté en voz alta sin esperar respuesta:
-Odon, ¿la luna llora?
-Mírala bien -Oí de nuevo la voz de Odon tan pausada y serena como la recordaba-. ¿Qué ves?
Miré la luna y sonreí.
-Veo unos ojos y unas lágrimas brotar de ellos.
-Entonces, es que la luna llora -me dijo venciendo las fronteras que separan nuestros mundos.

Comprendí en ese momento lo que Odon había intentado explicarme durante años: la respuesta a mi pregunta siempre había estado en mí. Y en un instante también comprendí que el poder estaba en uno mismo, y que no bastaba con desear que ocurriese algo, había que querer que sucediese de verdad, y durante muchos años deseé que la luna llorase, pero hasta que quise que eso suceciera de veras, no vi sus lágrimas.
Cerré los ojos por unos segundos y al abrirlos vi a Odon sentado en el lugar dónde solía hacerlo las veces que salíamos a caminar por las noches y nos deteníamos a mitad de camino a contemplar el cielo. Nos levantamos de las rocas y juntos emprendimos el camino de regreso.

Pd: el otoño me ha traído a la memoria este viejo cuento que escribí hace muchos años, quizás porque esta es la época en la que tendemos a recordar y en la que cierta nostalgia se apodera de nosotros.

Siempre he pensado que los principios son duros porque nos enfrentamos a lo desconocido, y esto nos puede producir temor e inseguridad, pero también ilusión cuando zanjamos una etapa de nuestra vida para empezar otra, necesitando un cambio, algo nuevo, que haga que todo sea distinto, o simplemente busquemos un aliciente al que aferrarnos para seguir caminando por tortuosos y caprichosos senderos.

Hoy comienzo a compartir con otras personas este desván. Aquí es donde guardo lo que no quiero y lo que quiero; lo que deseo olvidar y lo que deseo recordar; los malos y los buenos momentos, en resumidas cuentas, todo aquello que ha formado y forma parte de mí.

Sentada encima de una caja de madera, mientras miro a mí alrededor, reflexiono sobre la proliferación de rincones como éste y, me pregunto qué es lo que nos conduce a querernos expresar… Tal vez es que tenemos demasiadas cosas que decir y no podemos callar; o la necesidad de compartir con otras personas inquietudes y emociones; o la búsqueda de otros puntos de vistas que nos ayude a entender aquello que no comprendemos de nosotros mismos… ¿Por qué utilizamos la palabra como puente para llegar a otros lugares?

Bienvenidos seáis a éste rinconcito donde lo importante es estar de la manera en que se deseé hacerlo.Quizás éste sea el principio de algo…