
Tarde más tiempo en hacerlo del previsto, dos meses (le concedí esa pequeña ventaja a mi ex) y como no habían motivos para disolver nuestra unión, me los inventé, alegando incompatibilidad de caracteres; inmadurez en el momento de contraer matrimonio y desamor… El amor ni siquiera había llegado, por lo menos por mi parte, él parecía a veces enamorado, pero creo que en realidad estaba deslumbrado por mi persona (ocurre con frecuencia que la gente se ciegue cuando me ve), y confundió lo que sentía, de lo que me valí para prosperar en mis intenciones casamenteras.
No me acuerdo cuando conocí a mi ex (rescoldo que me quedó de mi sueño realizado), probablemente fue en una fiesta (no me perdía una, daban de comer y beber gratis y era fácil comprometer a un chico, porque muchos, la mayoría de las veces, al día siguiente no se acordaba de lo que había hecho la noche anterior), o en la enseñanza secundaria, en algún pasillo o en el patio.
Estaba tan ensimismado conmigo que estaría dispuesto a llevarme al altar (en nuestro caso fue ante la mesa del Teniente de alcalde ya que el alcalde estaba de pre-campaña electoral y en su agenda, entre mítines, almuerzos, comidas, meriendas y cenas, no había hueco para unir nuestras vidas burocráticamente), desbaratando la creencia de que a los chicos les asusta el compromiso y huyen de él como de una mofeta. Eso ocurre cuando no han encontrado la persona apropiada, como lo era yo.
El hecho es que me casé y me divorcié en sesenta días (el proceso duró mucho más, pero dejamos de vivir juntos en la casa que nos compramos, pues lo único que quedaba de nuestro enlace, eran viejas fotos y los momentos que pasamos juntos, los buenos, los malos, si los hubieron, mejor no recordarlos, que hacen daño y una no estar por la labor de auto herirse), sin que él acabe de entender con propiedad que ocurrió y me lo siga preguntando después de veintidós años, las veces que quedamos para comer (conviene llevarse bien con el ex, por el bien de los hijos, nosotros no los tuvimos dentro del matrimonio, pero en caso de que hubiéramos sido padres, nuestros hijos se merecerían que nuestra relación fuera buena para no traumarse y como consecuencia de ello, su vida caer en un caos terrible). La última vez que nos reunimos me sorprendió la observación que hizo:
-Nunca me quisiste.
Si me caracterizo por algo, es por no mentir, pese a quien pese.
-Pues mira, ahora que lo dices, no, no te quise, pero deberías sentirte feliz por haber sido “el elegido”. Había varios candidatos, pero solo tú podías ostentar el título de “ex”. Créeme, eso es más de lo que podré ofrecer jamás a nadie… Hijos a parte.
Desde mi experiencia sé que hay que perseguir los sueños hasta atraparlos, y que los daños colaterales ocasionados a terceros, no son responsabilidad nuestra, sino de quienes no saben ver más allá y no ponen límites a su vuelo.
Cintia Aurora Maria Van Heley de Haut.
Realizadora de sueños.


















