
Atravieso la avenida (arteria principal del pueblo) al atardecer, con el cielo oscuro sin que la noche haya llegado aún, llena de gente. No importa la hora que sea, ni la temperatura que haga (todavía nos beneficiamos de una segunda primavera improvisada), siempre hay gente, demasiada gente entorpeciendo mi camino. No todos vamos a ritmo de procesión. Hay a quienes nos gusta batir todos los días nuestro propio record de tiempo que tardamos en llegar a casa desde el trabajo. Mi mejor marca son seis minutos y veintiocho segundos, con obstáculos.
Acercándome al semáforo del cruce estaba (puede que algún día detalle la estrecha relación que me une a los semáforos, motivo también, por el que acabo mencionándolos sin querer o queriendo evitarlos), donde una congregación elevada de viandantes meditaba concienzudamente sobre si pasar corriendo, ganando cuatro minutos al paseo y un susto al conductor, cuando me cogen de la mano.
Me libero inmediatamente (instinto de supervivencia) del sujeto, sintiendo mi espacio vital invadido por un intruso sin autorización previa, a la vez que le clavo la mirada.
-Te has equivocado de chica.
Me mira desconcertado, sin saber muy bien que decir, pues sus palabras ausentes eran cómplices de mi mirada inquietante. Me divertía la situación (aunque no lo manifestara abiertamente) y la exploté hasta el final con toda mi artillería. Nuestras acciones tienen consecuencias, acatarlas nos dota de coherencia.
-Perdona.
A nuestras espaldas, la destinataria de la mano (que se había detenido con una pareja en un rincón), llama al chico, ignoro si ajena o espectadora del despiste del que con toda probabilidad espera ver envejecer con la dentadura postiza metida en un vaso.
Nos acostumbramos tanto a las cosas, a las personas, que no les prestamos atención y la mayoría de las veces, no nos damos cuenta de que a quien tenemos al lado, y mucho menos valoramos que lo que tenemos permanezca con nosotros.
Acercándome al semáforo del cruce estaba (puede que algún día detalle la estrecha relación que me une a los semáforos, motivo también, por el que acabo mencionándolos sin querer o queriendo evitarlos), donde una congregación elevada de viandantes meditaba concienzudamente sobre si pasar corriendo, ganando cuatro minutos al paseo y un susto al conductor, cuando me cogen de la mano.
Me libero inmediatamente (instinto de supervivencia) del sujeto, sintiendo mi espacio vital invadido por un intruso sin autorización previa, a la vez que le clavo la mirada.
-Te has equivocado de chica.
Me mira desconcertado, sin saber muy bien que decir, pues sus palabras ausentes eran cómplices de mi mirada inquietante. Me divertía la situación (aunque no lo manifestara abiertamente) y la exploté hasta el final con toda mi artillería. Nuestras acciones tienen consecuencias, acatarlas nos dota de coherencia.
-Perdona.
A nuestras espaldas, la destinataria de la mano (que se había detenido con una pareja en un rincón), llama al chico, ignoro si ajena o espectadora del despiste del que con toda probabilidad espera ver envejecer con la dentadura postiza metida en un vaso.
Nos acostumbramos tanto a las cosas, a las personas, que no les prestamos atención y la mayoría de las veces, no nos damos cuenta de que a quien tenemos al lado, y mucho menos valoramos que lo que tenemos permanezca con nosotros.








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