La vida se compone de pequeñas y grandes historias, tan breves como largas, que empiezan y algunas, hasta acaban.Historias nuestras o de otros, de las que somos protagonistas o secundarios, pero cuyo desarrollo sin nuestra intervención no sería la misma. Aportamos lo que les falta, para suavizarlas o encrudecerlas.
He recordado, al hilo de lo que contaré más adelante, algunas de esas historias olvidadas, en las que no sé qué ocurrió, solo tengo la certeza de que las viví, y haberlas olvidado, es como haber hecho desaparecer una parte de mí, que ignoro si me gustaría reencontrar.
La memoria selectiva elige los recuerdos que no nos hacen daño y borra los que hieren, pero hay circunstancias adversas que marcan y se alojan en nosotros como una carga, unas veces más pesadas que otras, y esa veces tan pesadas, la historia se reproduce en la memoria, haciéndonos sentir (incluso padecer), lo mismo que cuando ocurrió en una realidad tangible.
Si esos recuerdos permanecen es para que cambiemos parte de la historia. No podemos actuar sobre lo sucedido, pero si sobre sus consecuencias, y ahí empieza otra historia.
Lo que creemos olvidado, se oculta en alguna parte, morando hasta que lo recuperemos... Hace unos días recuperé uno de esos recuerdos, una de esas historias: una decena de niños de entre ocho y diez años, entraron en la oficina con una hucha de hojalata y pidiendo un donativo para la iglesia... sí, para la iglesia, no hay bastante con pasar el cepillo, ni con las participaciones de lotería que ya se han empezado a vender, ni con la asignación tributaria de quienes marcan su casilla en la Declaración de la Renta…, hay que inculcar el sentimiento solidario a los niños y movilizarlos... La causa no solo no me motiva nada, sino que además me exaspera, y mucho que ver tiene mi ateísmo confeso (se acabó lo del agnosticismo, soy atea).
Como trabajadora previsora, no suelo llevar dinero encima habitualmente: no tomo café, no como en horas de oficina, y no compro agua (las botellas las relleno en casa, que cincuenta céntimos al día son trece euros al mes, y con esa cantidad pago la factura de la luz bimestral), por lo que cuando argumento mi falta de colaboración alegando que “no tengo dinero”, no miento (de ahí lo de previsora) a la causa solidaria que se me planta delante.
Cuando era niña, un poco mayor que los pequeños beatos de la iglesia, para costearnos el viaje de fin de curso de octavo, (estudié la E.G.B., la E.S.O, me parece una formación despectiva) durante las Navidades de ese año vendimos lotería.
A algunas puertas tuve que llamar para que me compraran un boletito (con lo vergonzosa que he sido siempre y lo poco que me gusta pedirle a nadie nada), mostrando inocencia en mi carita y con una vocecita que no me salía del cuerpo, y cuando recibía una negativa por respuesta (los atrevidos que nos abrían las puertas. Padres y madres del barrio con hijos en la misma situación que la mía), la decepción llegaba. Ese es mi recuerdo, la desazón que se siente cuando “fracasas” en una empresa emprendida, independientemente de cuál sea el fin.
Hasta pena me dieron esas criaturitas movidas a hacer el bien ajeno, cuando salían de la oficina arrastrando los pies y con la mirada clavada en el suelo y eso que no les he contado “la verdad” acerca de la iglesia, de eso ya se encargará la vida, pero aunque no lo sepan (como yo tampoco lo supe en su momento), les he entregado algo mucho mejor que dinero: una historia y un recuerdo. Que utilidad les den tendrá que ver con lo que son hoy y lo que serán mañana.
























