
No es el primero, antes han habido otros –inocentes flirteos causados por la inexperiencia y el fervoroso anhelo de hallarle por fin, como si el tiempo me apremiase- con los que me ilusioné, llevando a tal extremo mi enajenación, que incluso sobre alguno medité más de dos noches de insomnio, si sería adecuado formalizar lo que empezaba a expandirse si no lo frenaba, e intención de hacerlo no sopesaba.
La voz de mi conciencia (mi madre), que me persigue aunque distraída la crea, me mantenía pegada a la realidad (más triste no podía parecerme), enemiga de precipitaciones y desvaríos ocasionados por agentes externos. Ninguno de ellos era para mí. Ahora sé que valió la pena el sacrificio que me supuso (pobre de mí) abandonar abruptamente mis sueños, porque “lo bueno” estaba por llegar…
Y llegó en forma de fotos –sí, las instantáneas son engañosas porque reflejan un momento calculado que alguien eligió como el oportuno para que permanezca y nos perezca. Son poses que nada tiene que ver con todos los días- el primer contacto, luego lo conocí físicamente y, entonces, aún sabiéndole de otra (que no lo valoraba como yo, o de lo contario no lo hubiera librado de sus viles garras tras seis años de convivencia), me enamoré sin que remedio mediase entre razón y corazón.
Enamorarse de “lo material” es exagerado, pero a veces, cuando algo nos entusiasma más allá de la cordura, se hace inevitable no caer en exabruptos necesarios para satisfacer nuestra complacencia.
Relajadas mis ganas y mermadas mis esperanzas, vino (de repente) acompañado del pánico. Lo quería, pero la culminación de nuestro pacto secreto trazado en silenciosos diálogos - que es el más efectivo cuando ajeno al conocimiento quieres estar- me mareó, distorsionando el suelo bajo mis pies. Quizás no fuera suficiente para él y necesitara mucho más de lo que yo podía ofrecerle para que me perteneciera íntegro. Demasiado tarde para pensar, demasiado pronto para dudar, caladita hasta el tuétano me tenía.
Una, cuando cae, ha caído. Y no hay más.
Alejado de cómo mi mente le había creado -¡Craso error! dejar ir la imaginación a su libre albedrío, pues el diseño realizado dista mares del original encontrado- pero ya no veía su ser, sino sus posibilidades de ser como me gustaría. Ser a mi lado y ser sin mí es distinto. Falta mi concepción, mi voluntad y mis manos.
La voz de mi conciencia dudada, no porque no le gustase –no puede no gustar a nadie, pues encanta con sus artes-, sino porque me alejaba. Luchaba por conservarle a mi lado, aunque fuera más de otra que mío, aún.
Me reconvertí. Me reconvirtió, desbaratando mis credos. El amor no se amarra. No atas a quien quieres con rúbrica que corte las alas de aquel que quiere alcanzar el horizonte solo. Dejas que se vaya, que viva su existencia sin interponerte entre su deseo y su libertad.
Le até a mí sin que el pulso me temblara, en ceremonia no religiosa (nada más faltaba, hasta ahí sí que no llego por amor a nada).
Ya es mío. Ella desapareció después de entregármelo, cubiertos sus intereses por un puñado de especias. Todo se compra, aun lo que no se quiere vender tiene un precio, encontrarlo te abre las puertas….
La puerta está abierta, la cierro tras de mí y me apoyo en ella mirando con detenimiento a mi alrededor -repasando cada instante hasta llegar a éste- lo que ya es solo mío… mi pisito.
















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