02 enero 2016

Cannam auream




Castilla, Siglo XV.

 
           
            Enrique IV de Castilla se casa en segundas nupcias con Juana de Portugal, hermana del rey Alfonso V, habiéndose declarado nulo su primer matrimonio con su prima Blanca de Navarra, después de tres años sin descendencia. Para finiquitar dicha unión y con los ojos puestos en la prima lusa, Enrique alegó no haber consumado el matrimonio, debido a que un encantamiento del que era víctima le producía impotencia y era del todo imposible concebir heredero con Blanca.

Transcurrieron siete años antes de que Juana de Portugal quedara encinta. Los rumores de la época tildaban a Enrique de impotente, como luego sería denominado y pasaría a la historia y le acusaban de dejadez conyugal, ya que sus preferencias íntimas distaban mucho de la fisonomía de una mujer.

Juana quería un sucesor para la corona de la que era regente y puso todo de su parte para engendrar una vida, incluso, instigada por su marido habría tenido amantes, pero una de las fábulas que corren acerca de la concepción de su hija Juana, y que sería sin lugar a dudas un avance para la época, fue la supuesta inseminación artificial a la que fue sometida, ayudándose su médico de una cánula de oro.

Esta práctica habría coincido con el acercamiento de la reina a Beltrán de la Cueva, privado del rey y su favorito (teniendo en cuenta cuales podrían haber sido los gustos de Enrique, Beltrán estaría autorizado a visitar su alcoba con frecuencia).

             Nacida Juana, parte de la nobleza que se oponía a Enrique IV, creyendo incapaz al rey de tal hazaña, por las habladurías que ellos mismos se habían encargado de difundir, y dando por hecho que la pequeña solo podía ser hija de su fiel amigo Beltrán, le presionaron hasta tal extremo, que Enrique IV se comprometió a que su hermana Isabel I heredera la corona, después de que el infante Alfonso, hermano menor de ambos, el primero en la línea sucesora, muriera comiéndose unas sardinas. A cambio de asignarle oficialmente la corona, Isabel I adquiriría el compromiso de dejar que su hermano eligiera a su futuro marido. Todo ello quedó reflejado en el Tratado de los Toros de Guisado que ambos firmaron voluntariosos.

Isabel I, la Católica (incasable se pasaba las horas rezando en su capilla privada) casó con Fernando de Aragón, al que amó y le convino para extender su poderío allende de sus territorios.

                Enrique IV, consideró que su hermana Isabel I, había incumplido el acuerdo firmado y liberándose de presiones ajenas decidió nombrar a su hija Juana, a la que sus detractores apodaban “la Beltraneja”, heredera de la corona, además de reconocerla públicamente como su hija legítima para regocijo de la madre de la criatura, que padeció lo indecible con el futuro incierto del único motivo de su existencia.

                Esto daría lugar a la Guerra de sucesión, en la que Isabel I, la Católica y Fernando de Aragón contarían con más apoyos, destronando a Juana, la reina que nunca lo fue, pero que siempre se lo consideró y así lo hizo constar en las cartas que escribía, firmando como “Juana, la reina”.