27 junio 2010

Una más

Empieza el mundial (hace varias semanas) con muchas expectativas sobre la selección Española derivada del juego (dicen que bueno, como no entiendo de fútbol, no desconfiaré de las opiniones de los que sí saben), permanencia y logros en la Eurocopa de hace dos años, en la que “la roja” fue la mejor de Europa (para que luego no nos valoren ese “Algo chiquitito” que tenemos y nos releven a una decimoquinta posición, blasfemos todos).

Primer partido (lo oigo por la radio antes de irme a trabajar), lo inesperado esperado ocurre; la maldición de los de colorado pulula sobre nuestras cabezas y algunas voces se alzan, pero las que más escuecen son las italianas: “Si la favorita pierde no son tan buenos y cualquiera puede ganarles” (o con algo así se desmarcan los dados a actitudes chulescas, doy fe de ello (la experiencia me avala). Los “pretenciosos” de la bota han quedado fuera del mundial… Estos eran los “cualquiera” que podría ganar a España… Ya.)

Algo más absurdo leo, “la novia periodista del portero, responsable de la falta de concentración de su novio”. Europa es arcaica, y algunos de nosotros también por considerar que una mujer cuando hace su trabajo distrae. El problema lo tiene el que no se centra (en caso de que sea así, que uno es profesional y hay que considerárselo), no la que está centrada.

El mundial nos tiene tan entusiasmados que nos expresamos en Zulú, que es lo que se lleva ahora, tanto es así, que hasta los políticos se atreven y se oye decir al señor nevado del puño en alto, del de la niña “pa’rriba”, niña “pa’bajo”, que “se ha convertido en la vuvuzela de la crisis con un cansino y molesto no a todo”. El canguro oficial de las “gaviotas”, no es una vuvuzela (1), es un audífono con las pilas agotadas.

Por otra parte “Miss hippie” considera que “el gobierno es como el balón jabulani (2) no sabes por dónde te va a salir”. Obvio que las estrategias se mantengan en secreto y no se aireen para que los demás no las utilicen a su antojo, de eso trata el politiqueo, aunque "algunas ilustres muy leídas" no se enteren.

Segundo partido. Estoy en el trabajo atendiendo a unos señores que llegan justamente veinte segundos antes de cerrar la oficina (como de costumbre). Enfrente del trabajo, a medio metro, el bar con la tele a todo volumen. Se oyen voces y gritos, miro la tele rápidamente (que desde mi posición detrás de la mesa se ve muy bien) ha marcado España (de lo contrario los carmesí no se abrazarían tanto). La selección vuelve a ser peligrosa. Los favoritos renuevan credos y callan bocas.

Tercer partido. De nuevo en el trabajo. Cambio de horario. Ahora estoy secuestrada hasta las nueve de la noche. Ni un alma en pena osa aparecerse. El bar no ha abierto sus puertas por la tarde (ven el partido desde casa). No sé lo que pasa hasta que salgo a la calle desierta (hora del cierre) y un hombre con sus auriculares dice “0 – 1, España”. Las cosas van bien por el momento. Vuelvo a casa y veo el resto del partido… No soy futbolera, pero cuando juega la selección me vuelvo hincha y vivo el mundial como el primero que recuerdo en mi vida, el del “82”, con el archiconocido Naranjito y la "mirinda" como refresco.
Estoy convencida de que no importa cómo se empieza un mundial, sino como se termina y aún puede pasar de todo, aunque todo lo que queremos que pase es atravesar fronteras y volvernos mundiales.


(1) trompeta horripilante ensordecedora que los sudafricanos tocan sin descanso.
(2) en zulú, signifca "celebración" , el balón éste año es una fiesta.



20 junio 2010

Dama encantada


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Solo ocurre una noche al año, la que le sigue al día más largo.
Una hermosa dama, de piel pálida y mejillas sonrosadas, peina sus largos cabellos cobrizos con un peine de oro, frente a un arroyo donde ve reflejado su triste rostro y el de la luna más amarga.

Encantada por una hechicera al servicio de un malhechor al que prometida estaba, hasta que el amor descubrió en un simple pastor con el que se fugó, aparece su alma en pena la noche de las hogueras, en las que fuegos altos se procuran para darle vigor al sol, y así su luz no se vaya apagando día tras día, en el solsticio de verano.

La dama, ente errante se volvió, cuando abandonando la vida solo dejó al pastor, penoso de su desgracia, y esperanzada de que la rescaten de su maldición, la misma pregunta formula al ajeno que en el arroyo la descubre: ¿qué preferís a la dama o el peine?

Nadie la ha elegido todavía, pues más que su belleza puede la ambición de quienes no conocen su historia y el peine de oro quieren en posesión.

Si la veis en noche de fuegos en un arroyo, cerca de un castillo, o a la entrada de una cueva, liberadla de su prisión, para que reunirse con su amado en otro mundo pueda y les vaya mejor.

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13 junio 2010

Viejas amigas


Conocí a un hombre… No a un hombre cualquiera sino a uno interesante, cuatro meses después de separarme. Para no violentar a la verdad, le conocí el mismo día que firmamos la separación, pero como todo estaba muy reciente, no quería que nadie pensara que nuestra ruptura era fruto de una infidelidad por mi parte, por eso esperé un tiempo prudencial para coquetearle al juez.
Él era mayor que yo (me adelantaba en veintitrés años un Pierce Brosnan de ensueño, de esos que no se encuentran con frecuencia) lo que me atrajo desde el principio.

Le invité a cenar… a mi casa.
Para averiguar qué tipo de interés se ha despertado en un hombre, hay que llevarlo al terreno donde más segura nos sintamos. El tiempo que permanezca pisando tierras familiares le delatará.

En la pescadería pedí una langosta (la elección de la cena no tenía nada que ver con lo que esperaba que sucediera en ella… Y no miento). La pescadera cogió una hermosa pieza rosada-anaranjada y me la enseñó en el aire.

Miré la langosta absorta. El manjar de dioses (donde los haya) se movía bruscamente, agitando la pinzas a lo Eduardo Manotijeras y contorsionándose como un acordeón… ¿pero no estaba muerta?
-Fresca del día.-la pescadera sonrió alegremente.
Y muy zalamera.
Horrorizada presencié como después de pesarla en la báscula la metió en un cucurucho que hizo con el papel… ¡Viva!
-¡Espere, espere! –desesperación en la voz- ¿No puede hacer que deje de moverse para siempre antes de llevármela?
La pescadera me miró con desconcierto sin perder la sonrisa... Tan odiosa por otra parte.
-Para que la langosta quede sabrosa tienes que meterla viva en una olla llena de agua hirviendo.
-¿Recién matada no sirve?
-Pierde gusto…
-Y no podría darle un golpecito en la cabeza para atontarla y que no sufra.
Soltó una carcajada hiriente. Me di cuenta que la pescadera me caía mal y que esa sería la última vez que me viera.
-La primera vez da pena, pero ya te acostumbrarás –Ya, como si fuera a comprar langosta todos los días… Solo lo hacía por un hombre… Un hombre interesante, no por uno cualquiera.
Zanjó la conversación dándome el ticket de compra. Que tirria me dio.

Le llevé la langosta a mi madre, ella sabría qué hacer.
No estaba. La llamé… “Hija, pero ¿no te acuerdas que te dije que iba a pasar todo el día fuera de casa con la “Asociación de Marujas por el Medio Ambiente”?”. No, no me acordaba.
La mayor parte del tiempo no presto atención a lo que dice mi madre, ni entonces, ni mucho menos ahora que han pasado veintidós años.

Acudí con el animalito balanceándose al restaurante que solía frecuentar los jueves por la noche con mi ex marido. Quizás allí me la pudieran preparar. Estaban acostumbrados a acabar con la vida de pequeños seres inocentes para satisfacer la gula de comensales sin escrúpulos, y con estos argumentos traté de convencerles (además de por estar dispuesta a ofrecer una fuerte suma por su amabilidad), pero se negaron rotundamente, alegando que ellos se hacían responsables de la comida que se servía en su restaurante, no de la que salía preparada de él, añadiendo que la langosta llevaba varias horas a temperatura ambiente y corría el riesgo de empezar a oler muy mal.
Cada vez se movía menos. Con la bolsa de plástico en la mano volví a casa pasando por el parque apesadumbrada. Me senté delante del lago con la langosta al lado. La miré. Casi me daba pena. Era verdad que cada vez el olor era más fuerte. La destapé un poco para que respirara un poco de aire puro. Quizás estaba mareada… “Qué voy a hacer contigo”. ¿Y se moría? Yo sería la única responsable de tan agonizante final.
No sé que es peor, si morir hervida o asfixiada.
Habíamos pasado gran parte de la tarde juntas. No podía dejar que se fuera sin intentar que siguiera en esta vida un poco más.

Saqué el cucurucho de la bolsa. Su vigor había desaparecido. Quien la había visto y quién la veía… no era la misma. Me acerqué al lago y la dejé caer al agua. La vi hundirse. Desaparecer. Acaba de tirar la cena por la borda. La noche sería distinta, sería otra.

A veces hay que sacrificarse para procurar el bien ajeno sin esperar reconocimientos por ello. La mayor satisfacción es saber que se ha actuado correctamente, y yo lo hice esa tarde.


Cintia Aurora María Van Heley de Haut.
Chef.