17 octubre 2010

Zizania Palustris



Algunas noches ceno con Arguiñano, las mimas que llego pronto a casa (“llegar pronto a casa” equivale a salir del trabajo a la hora en que termina la jornada laboral).
Cuando coincidimos en el mismo espacio, ya hace diez minutos que ha empezado a cocinar y aquí es donde entra en juego el factor sorpresa: hasta que no termina el plato, no sé lo que está preparando, aunque por los ingredientes empleados me puedo hacer una idea, no acierto con el nombre completo, soy más sencilla y practica, para mí las “finas hierbas” son brotes verdes de alguna verdura.

Mis cenas suelen ser muy ligeras. En casa hemos establecido no ensuciar la cocina por las noches (para hacer de cocinillas, mejor la luz del día y tiempo por delante) por lo que el mircroondas y el pan con cualquier cosa, son muy socorridos.
Me siento delante de la televisión y me entretengo con las comidas que en la vida comería. Para ingerir alimentos soy muy mía, no como nada que habite en el campo (con patas o alas) o cuyo hábitat fuera ese en condiciones normales (sin secuestro y posterior animalsidio), me da una penita profanar a un antiguo ser vivo tremenda y repelús no digamos. Con los habitantes del mar es distinto, nunca me he encontrado a ninguno de ellos nadando, por lo que asumo que no los capturan para que pasen unas horas en mi estómago antes de volver al mar, y que los fabrican en exclusividad para mí. Esa es la verdad que quiero creer y así redimirme de mi crueldad manifiesta.

Hace un par de semanas, cenando estaba cuando Arguiñano coge un puñado de arroz salvaje (gramínia acuática) y lo echa en una sartén con aceite caliente, y al entrar en contacto ambos elementos, los filamentos negros se abren al instante metamorfoseándose en gusanos blancos. A un paso de arácnido estoy de expulsar el queso blanco con miel que tomaba, ante semejante imagen vomitiva (ya he reconocido que soy muy mía para las comidas).

Hay alimentos que visualmente son poco agradecidos (los mejillones se encuentra entre ellos, adefesio monumental bajo mi óptica, claro), más allá del gusto que tengan o que proporcionen a los platos. Si no me enseñan cómo se cocina el arroz salvaje, quizás, camuflado (en una napolitana de chocolate) lo probaría, pero más que a cocinar (no tengo ni idea. Solo sé freír, cocer y utilizar la plancha o el grill, que ya es mucho), lo que estoy aprendiendo con Arguiñano, es a distinguir los alimentos después de ser cocinados y aumentar mi lista de “ingredientes non gratos” de mi vida.

8 comentarios:

zimbagüe dijo...

Yo como de todo y no hay nada que me parezca demasiado repugnante para no comerlo, vamos, que hasta lo repugnante se deja comer.

El arroz salvaje tiene buena pinta, tu imagina que es maiz en el microondas y cómetelo como si fueran palomitas.

Felices sueños.

Fiebre dijo...

Con el arroz salvaje me pasa lo mismo que con la tinta del calamar...puaj.
Y mira que yo soy cocinillas, pero dimito.
¡Ah! Y los guisantes o GUNIS (gurruñañas no identificadas)

sofiasaavedra dijo...

No tolero el hígado, los sesos ni el caviar, tienen que tener el mismo sabor que el aspecto tienen.
Tampoco me gusta la horchata, porque tiene gusto patata cruda con polvo.

Por lo demás, menos insectos y cosas de esas raras (caracoles y anclas de rana incluidas) como de todo :)

Un beso.

La Frufrú dijo...

Hay veces que estos cocineros televisivos, utilizan ingredientes que no hay quien los encuentre. Suerte de la imaginación que sustituye lo que no hay por lo que se tiene en casa.

Reina de tu casa, que casi tengo remordimientos de cociencia por el pollo que he comido hoy, por esa relación visual que se estable cuando los ves en el campo o donde sea, pero es que cocinas son tan buenos, que repitiré experiencia :)

Un beso.

carlosideal dijo...

Danieluski, desengañate, el pescado no lo fabrican, son animales acuáticos que te comes tan muertos como otros nos comemos la carne :)

Cuando me como un filete, no pienso en La casa de la Pradera, no pienso en nada,pero si hay cosas que prefiero no comer y no por el gusto que tienen, sino porque empacha, como los rebozados.

Un beso, hermosa.

Daniela Haydée dijo...

ZIMBAGÜE:Mi imaginación no es tan prodigiosa como para cambiar el aspecto de las cosas.

En lo de el arroz salvaje soy intransigente... Es que es verlo y darme las arcadas.

Felices sueños :P

FIEBRE: Lo único negro que como es el chocolate y el carbón de los Reyes Magos y verde...la lechuga y el pimiento crudo (jamás cocinado).

Un puré de guisantes con tinta de calamar sería una delicatesen y si además se le añade miel, un buen laxante :P

SOFÍA SAAVEDRA: En alguna que otra merienda he comigo foie gras, hasta que me enteré de lo que era. Tiene un gusto peculiar, no sabría si me gustaba o no me quedaba más remedio que comerlo, pero me inclino por el "no".

Por otra parte, hablando de sesos... No soporto que se succionen las cabezas de las gambas a mi lado, me da un repelusillo :(

Un beso.

LA FRUFRÚ: Solo se me ocurre decir que pobre pollo, que final más triste. Ser pollo tiene que ser muy malo.

Remordimientos ninguno, a lo hecho, pecho, pero piensa en Piolin la próxima vez, y en que el pollo que te comes es un familiar lejano... :P

Un beso.

CARLOSIDEAL: Carlinhos no me seas maliño. A los acuáticos les aplico el refrán "ojos que no ven, corazón que no siente". Estoy lejos de encontrarme con una sepia en el mar, eso te lo garantizo :P

Un beso.

Uno dijo...

Yo también tengo algunas "manias", bueno unas cuantas muchas, pero entre ellas no está el aspecto ni la procedencia del alimento, sino básicamente, hay alimentos (muchos) que rechazo por su sabor u olor. Eso si, no me importa repetir en varias comidas el mismo plato.

Saludos desde tu pueblo

Daniela Haydée dijo...

UNO: Al menos comes carne, y si comes carne, puedo comerte cualquier animal, aunque después descubras que huele mal o que no te gusta :P

Saludos desde tu pueblo.