
No todos me gustaban, algunos a simple vista me desagradaban, pero aún así, en mi búsqueda de aquello que no sabía si encontraría, probé con todos los que me sugirieron los expertos. Lo único que tenía que hacer era tumbarme y sentir o en la mayoría de los casos, no sentir nada. Al principio me resultaba incómodo, porque para mí era una experiencia nueva y porque era consciente de que me miraban; algunas personas esperando mi veredicto con mayor o menor entusiasmo, y otras porque pasaban por allí.
Elegí a Abraham sin conocer su nombre y sin saber si era lo que quería o sólo se acercaba a ello, pero cansada de buscar y habiéndome ocasionado una buena impresión inicial, decidí que fuera él quien me acompañara en mis noches.
Era duro (requisito indispensable) y muy suave al tacto, aunque ese detalle era altamente variante y muy excusable a la hora de tomar una decisión. Una vez en casa, lo cubriría con mis ropas; sus ropas.
¡Qué complicado es comprar un colchón! Ni siquiera bueno o de marca, solo un colchón donde dormir. En las tiendas especializadas solo pedía una cosa: que fuera muy duro.
Mi colchón nuevo (modelo Abraham) es viscoelástico, 100% natural, con núcleo de estructura celular abierta y fabricado con soja para conseguir un máximo nivel de transpiración y relajación, con efecto flotante y no sé cuantas cosas más.
Mis sueños (y pesadillas) ya tienen nombre, se llama Abraham y lo elegí yo (después de yacer con otros) para que velara por mí durante las noches.