Me levantaba sola por las noches y caminaba por la casa en la oscuridad, con la mirada vacía, en ojos cristalinos. Mis pasos no tenían destino. Sólo caminaba con los ojos abiertos, bien abiertos, apenas sin parpadear.
A esas horas, a veces altas, una o varias misiones me eran encomendadas y a lo Lara Croft (pero en pijama), me enfrentaba al peligro sin temerlo, pues consciente de él no era, hasta que dicha misión (misiones) era cumplida. En el transcurso de la misma, me detenía en el baño (la Croft también lo hacía antes de eliminar a los malos con tres patadas y cinco piruetas en el aire), hacía lo que tenía que hacer para sentirme mejor, y mi particular aventura empezaba.
La exploración de nuevos horizontes era esencial para reconocer el terreno (solo que hacerlo descalza en la calle resultaba altamente perjudicial para mis pies y mi integridad física); buscaba el medio de transporte adecuado (un burro resultaba lo más barato en el comedor de casa), y perseguía mi objetivo (buscar setas debajo de camas ajenas).
De pronto, unas voces empezaban a interrogarme. Les contestaba escuetamente. Dar más información de la necesaria al enemigo, podría conducirme al fracaso. Las voces me hablaban despacio, no tanto como yo les respondía, e intentaban manipular mis acciones. Llevarme a su terreno… Y lo conseguían.
Los que alguna vez hemos sido sonámbulos no caminamos con los ojos cerrados y los brazos extendidos (leyendas creadas). Vemos y oímos, aunque estemos dormidos (inconscientes) y nuestra vida no peligra si nos despiertan, si acaso, peligra la de los demás por habernos despertado.
Vivimos los sueños activamente durante la noche, y durante el día no los perseguimos despiertos, porque nadie mejor que nosotros para saber, que los sueños, cuando se alcanzan, se convierten en pesadillas.
26 julio 2009
Vida interior
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Daniela Haydée
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domingo, julio 26, 2009
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19 julio 2009
Literatura
Inicio la lectura de un nuevo libro.
Siempre sigo el mismo ritual. El día que acabo de leer uno, empiezo el siguiente. Previamente lo he abierto unas cuatro o cinco veces; lo he olido otras tantas (me gusta el olor a imprenta que se desprenden de las páginas) y he leído las dedicatorias (casi siempre dirigidas a personas que ya no están).
Parte Primera: “Canción del pene amputado”.
Es tarde, tengo la vista cansada. No leo bien. Me restriego los ojos para liberarlos de un poco de fatiguita. Resulta graciosa la confusión.
Parte Primera…
Los ojos se me abren como platillos. Ni rastro del cansancio. ¿Pero esto no iba de un religioso asesinado en tiempos inmemoriales? La elección del libro no tuvo nada que ver con mi falta de fe eclesiástica (como tampoco fue determinante en ”Ángeles y Demonios” o “La abadía de los acróbatas”, en la que algunos hombres y mujeres de Dios, emprendían el viaje eterno). La sinopsis me pareció interesante, en la línea de “El nombre de la rosa”, pero sin crearme grandes expectativas al respecto, pues Umberto Eco, es insuperable.
Tras leer el título de la Parte Primera (varias veces), recuerdo “La cuarta mano” (no desvelaré cual es esa otra mano), de John Irving, donde también aparecían miembros amputados, aunque no les dedicaran una canción.
Capítulo I: Canto I.
Hojeo el libro por encima por si hay más cantos o partes del cuerpo perdidas, y asisto al descubrimiento de hasta seis odas más. El mismo tiempo se hubiera empleado en la creación de una opereta al inerte desaparecido, que son más populistas y llegan a todo hijo de vecino, pobre o rico, pero quiso la autora, que los cánticos quedaran en la Iglesia, y de las paredes más allá, sólo rumores infundados de buenos para nada (mi frase favorita de las telenovelas sudamericanas) .
“Amigas mías, os diré qué es lo que hace especial a un hombre. ¡Se trata, ni más ni menos, de ese cuerno con el que proclamamos nuestras pasiones más profanas! ¡De ese rabel que emite tan dulces melodías al contacto con vuestros dedos, bellas damas! Perder este preciado instrumento (más precioso para mí, os lo aseguro, que la viela que canta tan armoniosamente bajo mi arco), perder este tesoro es perder toda hombría.”
Fragmento del segundo párrafo… Ni rastro del sacerdote muerto. Algo dejó de existir, sin duda, algo que no está pegado a su dueño (como el hombre a una nariz pegado, de Quevedo), y entorno a ese algo, gira una historia que apenas comienzo, escrita por una mujer ¿malhumorada? ...
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Daniela Haydée
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domingo, julio 19, 2009
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Divagaciones
12 julio 2009
Gilbert
Cuan conejillo de Indias (o de Cuenca, que también los hay), me sentí observada por cuatro ojos doctorados que se susurraban entre sí.
“Es curioso… no presenta un aspecto amarillento (insisto, para eso debería haber nacido en la parte del mundo correspondiente); esos dos faros que alumbran a los barcos el camino de regreso a casa, son tan blancos como la luna lo fue alguna vez (a la naturaleza gracias. Con las córneas canario y el color de mis pupilas, los faros iban a lucir la bandera brasileña a la inversa, y hasta donde mi entendimiento rinde, que es bien poco para la actividad que puede llegar a alcanzar si el tiempo me lo permite, no se me da bien la samba); su rostro es rosado como el de una manzana (sí, la que envenenó a Blancanieves… Deteniendo el pensamiento, mejor que acabando comiendo perdices con un príncipe soso, quietecita hubiera ofrecido un buen servicio social a los enanitos en sus pequeñas fantasías); y sus manos no tiene el color de los pollos… (se admite el cambio de género al gusto del consumidor).
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Daniela Haydée
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domingo, julio 12, 2009
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05 julio 2009
Humor
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Daniela Haydée
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domingo, julio 05, 2009
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