
A esas horas, a veces altas, una o varias misiones me eran encomendadas y a lo Lara Croft (pero en pijama), me enfrentaba al peligro sin temerlo, pues consciente de él no era, hasta que dicha misión (misiones) era cumplida. En el transcurso de la misma, me detenía en el baño (la Croft también lo hacía antes de eliminar a los malos con tres patadas y cinco piruetas en el aire), hacía lo que tenía que hacer para sentirme mejor, y mi particular aventura empezaba.
La exploración de nuevos horizontes era esencial para reconocer el terreno (solo que hacerlo descalza en la calle resultaba altamente perjudicial para mis pies y mi integridad física); buscaba el medio de transporte adecuado (un burro resultaba lo más barato en el comedor de casa), y perseguía mi objetivo (buscar setas debajo de camas ajenas).
De pronto, unas voces empezaban a interrogarme. Les contestaba escuetamente. Dar más información de la necesaria al enemigo, podría conducirme al fracaso. Las voces me hablaban despacio, no tanto como yo les respondía, e intentaban manipular mis acciones. Llevarme a su terreno… Y lo conseguían.
Los que alguna vez hemos sido sonámbulos no caminamos con los ojos cerrados y los brazos extendidos (leyendas creadas). Vemos y oímos, aunque estemos dormidos (inconscientes) y nuestra vida no peligra si nos despiertan, si acaso, peligra la de los demás por habernos despertado.
Vivimos los sueños activamente durante la noche, y durante el día no los perseguimos despiertos, porque nadie mejor que nosotros para saber, que los sueños, cuando se alcanzan, se convierten en pesadillas.