Bajó del andamio y me dijo todo cuanto quería que supiera. Al principio dudé de sus intenciones, seis meses recibiendo florituras e invitaciones delante de sus compañeros cada vez que pasaba por delante de la obra en la que trabajaba (y eso ocurría cuatro veces al día) me habían curtido, pero esta vez estábamos solos en la calle.
-Va siendo hora de que te explique la verdad acerca del amor. No puedes seguir maltratando de ese modo tan cruel a las neuronas de tu sistema límbico, negándote a reconocer que te gusto, ni tampoco llevarles la contraria constantemente.
“Me está tomando el pelo” Miré desconfiada hacia los andamios, del edificio en que trabajaba, esperando ver a sus compañeros mal disimulando sus escondites, pero fue en balde.
-No me gustas… -Intenté no resultar hiriente suavizando mi sentencia con una sonrisa-. Llego tarde.
-Sólo te pido que me escuches –Su súplica me detuvo-. Si después decides seguir engañándote creyendo que no estás enamorada de mí, te dejaré en paz.
“Prepotente, prepotente, prepotente…” Estaba jugando conmigo. No podía ir en serio. El chico que me hablaba, tenía muy poco que ver con el que me despertaba todas las mañanas con el repertorio al completo de Antonio Molina y sucedáneos. La idea de no tener que volver a oír sus arrebatos de inspiración a mi paso, me resultó atractiva. Acepté el desafío.
-Verás, corazón –Mal comienzo-, en la parte alta de la nuca se encuentran las neuronas amorosas, culpables de que me quieras tanto… Cada vez que me ves o escuchas mi voz próxima, esas mismas neuronas, habiendo clasificado como buena la emoción que estás sintiendo, mandan inmediatamente un mensaje al hipotálamo, que es el sistema que se encarga de distribuir las hormonas… -La naturalidad empleada era pasmosa, como si fuera un tema habitual en él-… el mensaje es claro y conciso: “ha llegado la hora de ser feliz”, y entonces es cuando te alegras de que esté a tu vera, como ahora.
-Supones demasiado… ¿puedo irme ya? –Hice ademán de caminar, pero volvió a tomar la palabra, con sonrisa pícara… ¡Detestable!
-Tus neuronas amorosas están un poco dormidas, pero no importa, yo sé de todas formas que me quieres, aunque no tanto como llegarás a quererme más adelante. Las neuronas son muy caprichosas y exigentes, por eso sólo se comprometen a aprender lo que se ama... Cariño, si deseas que seamos felices, hazlas caso, ellas están interesadas en conocerme y aprender de mí… ¡Tu hipotálamo ya ha empezado a fabricar noradrenalina!
No le pregunté que era la noradrenalina para no alargar más el momento, pero busqué su significado en la RAE: “hormona de la médula adrenal, que actúa como neurotransmisor en el sistema simpático”… Otro mensajero más.
Segunda intentona de huída. Esta vez, me cogió el brazo. Miré sus ojos negros. Mi concepto sobre él había variado. Antes me parecía un pesado, después de sus nociones de bioquímica bien aprendidas, un pesado con capacidad de decir cosas interesantes, lo que no me disgustaba.
-¿Lo notas? Entre nosotros hay química… -“Química… “
Tras el destripamiento del amor, por parte del incauto al que nunca perdonaré, dejé de creer en él y en el romanticismo. Tal vez no ocurriera así exactamente… En realidad no ocurrió así, pero a todos nos llega el día en que descubrimos una verdad que desconocíamos, y aquello que defendíamos enfáticamente deja de tener sentido.
El amor no es más que un proceso químico en el que nuestro cuerpo segrega substancias imposibles de pronunciar con un polvorón en la boca. Existe, pero anula nuestra sensatez, para embriagarnos de falsas quimeras, que hacen que todo parezca hermoso.
¿Química? Sin duda.