
Basta sólo un instante para sentirlo muy hondo; cortante como sumergirse en una bañera de cubitos de hielo en invierno, antes de notar cómo se propaga por el cuerpo, apropiándose de los pensamientos. La pérdida es su causante. La distancia entre elementos.
Me gustó en cuanto atrajo mi atención -y que no lo hiciera por su evidente atractivo era muy difícil-, aunque entonces deseché la idea del enamoramiento, algo me estaba pasando, y ese algo se produjo en pocos segundos, en varios más, el deseo de tenerlo a mi lado el mayor tiempo posible, creció hasta convertirse en una meta que alcanzar, abundando en mi interior la mejor predisposición para cuidarle, guarecerle, mimarle... Para ofrecerle todo cuanto necesitase sólo por conservarlo conmigo.
Todos los días recorría las mismas calles varias veces para verle, y cuando por fin llegaba el ansiado encuentro, la cima estaba justo bajo mis dedos. Pensaba en él sonriendo, esperando descubrirle entre los demás, destacando una vez más por su elegancia, su porte, su tono oscuro, por lo distinto que me parecía y lo distinta que me hacía del resto de las mujeres sólo por estar dispuesta a darlo todo por su presencia.
Quería tocarle, acariciarle, sentirle sobre mi piel y nos imaginaba en fiestas entre amigos; en teatros; en cenas románticas; encima de la cama mientras me despojaba del resto de la ropa… Era mi ilusión, mi alegría, mis ganas de vivir, el responsable de mis sonrisas… pero tardé más de lo que él podía aguardarme, en intentar mantenerlo cerca de mí.
Me paré frente el escaparate y la primera punzada de dolor me cortó la respiración. Vi mi rostro desencajado en el cristal… Ya no estaba. Una brizna de esperanza me hizo entrar en la tienda poseída por la impulsividad de la tragedia, y preguntarle a la dependienta por su paradero, tal vez sólo se tratara de un traslado de lugar y finalmente me perteneciera ese mismo día -no estando dispuesta a dejar pasar un minuto más-, pero la negativa de la cabeza fue acompañada por la voz.
-… pero tenemos el mismo modelo en verde…
“En verde”… Acababa de perder el jersey más bonito que había visto nunca, y la dependienta pretendía sustituirlo por otro que jamás tendría la esencia del que ya nunca sería mío.
Salí de la tienda arrastrando los pies, sin apenas poder mantener el peso de mi cuerpo. Destrozada; abatida; herida... El dolor fue intenso, rápido. Había dejado escapar el jersey de mi vida, ese que me acompañaría en tantos momentos ideados en mi mente.
Desde entonces, ya no soy la misma. Soy yo sin él. Es ella, su fortuna y mi suerte perdida. La otra.