
Apollo (entre aves andamos) fue el primero de todos en gustarme (platónica-televisivamente).
Era el protagonistas en “Galáctica, estrella de combate”, emitida cuando tenía siete u ocho años, descubriéndome que los chicos podían gustarme (esos malvados serecillos que me hacían rabiar en el colegio, de naturaleza corrupta, todos ellos menos mi amigo del “alma”, que por ser amigo mío no era chico. Los amigos son como los ángeles, unos indefinidos) y que se podían sentir cosas distintas y agradables hacia un trozo de carne viviente (definición muy aproximada de lo que consideraba a los niños, en aquellos inicios míos por la vida, con uso de razón, sin su uso, no recuerdo nada).
Apollo ya no mí estimado Apollo (pronúnciese Apolo, si no gustan las plumas). Los años le han cambiado y han cambiado mi percepción sobre su endiosada belleza (cuerda soy mucho más objetiva que bajo la influencia de unos ojitos azules y un corte de pelo favorecedor).
Su imagen no me dice nada (no es que antes mis conversaciones con Apollo fueran distendidas, pero él me miraba y yo suspiraba. Había “complicidad”, aunque que creo que él nunca lo llegó a saber porque estaba demasiado ocupado en las estrellas), pero abrió la vereda hacia éste instante, donde empieza a haber más pasado que futuro, y si no hubiera “marcado” mi joven existencia, después de haber hecho una bolita de papel con el recorte, no lo hubiera desdoblado con cuidado, con cierto arrepentimiento.
Hay historias que no merece ser tiradas y recuerdos que merecen seguir guardados, como parte de lo que somos, hasta que estemos preparados para prescindir de ellos.