17 junio 2012

Cambios



Tengo un sueño en el que aparece la versión actualizada de un antiguo “agente” desestabilizador de mis emociones, saliendo de una churrería de renombre (1) en mi pueblo natal (el mismo que huele a salitre en verano (2)), poniéndose las gafas de sol y ajustándose el cuello de la cazadora de piel (chupa de motorista (3)).

            Observo la escena desde la omnipresencia de estar sin estar, a escasos metros de él, pero siendo quien soy hoy en lugar de la quinceañera del siglo pasado.
            Le encuentro igual que hace poco más de ocho años (y no por haberlo visto en mundos oníricos), antes de cambiar los aires respirados del norte por otros renovados al sudoeste. Desaparece del sueño en dos segundos, tiempo suficiente para inyectarme una dosis moderada de curiosidad.

            Y cuan investigadora  bajo la premisa “¿qué habrá sido de…?”, me pongo en marcha rescatando de la memoria retazos de información que me llegó  cuando aún podía tener algún tipo de interés hacia su persona, después de “todo aquello” (tragicomedia temática propia de la edad o escasez de la misma, más cómica ahora que trágica entonces).

            Es fácil encontrarle a través de las redes: su profesión le ha otorgado cierto reconocimiento local y sus inquietudes “artísticas”, inimaginables para mí veinte años atrás, le han convertido en centro de interés en los medios escritos autóctonos. Le va bien, o al menos es lo que parece uniendo los pedacitos menos íntimos de su vida, que están al abasto de todo internauta.

            Tirando del hilo llego hasta él (foto, que es el meollo de tanta indagación improvisada).
            Miro su imagen y percibo como los años se le han caído encima de golpe, no demasiados, pero los indispensables para que esté distinto, y hasta poco reconocible.
Nada que ver con el chico del sueño ni con el chico de hace ocho años.

            Probablemente antiguos conocidos (él)  verían en mí ahora a la adorable ancianita en potencia que seré (en el mejor de los casos) mañana.
            Aún no me cuelga el pellejo, ni se me ha aclaro el color del pelo, ni he cambiado de talla en las últimas dos décadas, pero pese a verme prácticamente igual que antaño (apreciación personal totalmente subjetiva), es posible que haya quienes consideren que me he hecho mayor… Y me he hecho mayor, pero no se me nota como a otras personas… Creo… Espero (no haber envejecido prematuramente, que para estar arrugado hay tiempo)

            Cambiamos, evidente es, y lo que nos ha enamorado, sometido a virajes, nos puede desencantar (4).
            El tiempo de los suspiros y los ojos en blanco terminó.
De aquella época quedan historias (micro relatos al más puro y genuino estilo Unoense (5),  absurdos en apariencia, pero profundos todos ellos) guardadas, a las que de vez en cuando les paso el plumero.


                                             


(1): el establecimiento que aparece en el sueño es del todo circunstancial. No existe ninguna conexión entre el mismo con el sujeto, objeto de la entrada, o conmigo de la que tenga conocimiento. Alguna churrería y churrero ha habido en mi trayectoria social a años luz de la que nos ocupa.

(2): el aroma que se percibe en las tierras donde resido es de tomate quemado o en polvo, procedente de la fábrica que los trata para su posterior venta envasada.

(3): prenda que utilizaba con frecuencia cuando sustituyó las piernas por dos ruedas con motor.

(4): estar encantada a estas alturas no tendría demasiado sentido. El desencanto es del todo procedente

(5): pensante español que a través de la asociación de ideas sueltas, crea relatos cortos, que no dejan indiferente al lector, desvinculándose de este modo de su vertiente más prosista y abundante.

Inciso: el tema musical que ameniza la entrada ha sido elegido al azar. El azar es sabio.